Yogur caducado y nacionalismo


 



Yogur caducado y nacionalismo

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Yogur caducado. Hay que reconocerle al señor Francisco Linares, uno de los máximos prebostes de Coalición Canaria en Tenerife, que ha estado original con el calificativo con el que ha definido a los señores Antonio Alarcó (PP) y Aurelio Abreu (PSOE). Asegura este mismo político nacionalista que en las próximas elecciones el pack lácteo fuera de fecha nada tendrá que hacer contra la pella de gofio y miel que representa Ricardo Melchior, que CC ganará de calle las elecciones porque el votante busca los productos frescos y de la tierra, como su Alarcó o Abreu fuesen de Cuenca o de Valladolid. Pero bueno, es lo que tiene la reunión clásica del clan del bocadillo de mortadela, que después de unas perras de vino se empiezan a decir demasiadas tonterías y se desbarra con más ahínco de lo previsto.

Lo que pasa, ya puestos en la argumentación del señor Linares (por cierto, un apellido de ciudad jienense, dicho sea con todos los respetos para el amante de la canariedad), quizá habría que decir que el yogur caducado que representa Alarcó es el que ha compartido durante toda esta legislatura el coalicionero Melchior. Y no han sido dos días, precisamente, sino cuatro años teniendo que aguantar a alguien tan caduco como el candidato del PP. ¿O es que acaso la caducidad se ha producido ahora?

El electorado, señor Linares, está hasta el mismísimo gorro de que ustedes, los prohombres y las produjeres de Coalición Canaria recurran como siempre al discurso plañidero de referirse al enemigo de fuera. Ustedes, les guste o no, no tienen el monopolio de la canariedad, no son quienes para repartir certificados sobre quien siente o no siente esta tierra. Soria, Tavío, Saavedra o Spínola son tan canarios como ustedes y no por ello van por las esquinas vendiendo patrioterismo barato, de rastrillo o, como diría Sabina, de saldo y esquina.

Al ciudadano de las Islas, sea nacido aquí, sea de la Península o provenga del extranjero sólo pretende cuestiones muy sencillas: encontrar un empleo, llegar a fin de mes, gozar de la mejor educación, tener una sanidad de garantías. Lo demás, es perderse en discursos falaces, en identidades inexistentes, en faramalla política que queda muy bien en el atril, pero que no conlleva ninguna mejora en la vida de los ciudadanos. De hecho, si ustedes han tenido a bien leer el fenomenal artículo de Moisés Montero en el ABC, habrán comprobado cuál es el precio de la independencia en las Islas. Creo que las conclusiones son más que suficientes. Por eso, discutan de ideas, propongan medidas, pero déjense de yogures caducados y pellas de gofio, que eso no nos interesa.