Y entonces, ¿qué hacemos con los indigentes?. Juan A. Velarde



 


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Y entonces, ¿qué hacemos con los indigentes?


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La propuesta del alcalde de Madrid, el popular Alberto Ruiz-Gallardón, sobre la obligación de sacar de las calles a los llamados sin techo a centros sociales o albergues ha generado un río de críticas de la zurda más radical y del nacionalismo más rampante, ese que sólo está al sol que más calienta y haciendo seguidismo de la corriente de opinión imperante, aunque en el fondo piense lo que muchas personas tenemos en mente y no tenemos tampoco miedo de expresarlo libremente. Es decir, a todos nos incomoda la estampa de unas personas mendigando las 24 horas del día en la plaza, en el paseo y, sobre todo, cuando hacen de ‘su’ banco su vivienda y ojito con acercarte demasiado, que alguno te avía con el cartón de vino.

Nos guste o no, hay personas que están malviviendo todo el santo día en la vía pública cuyas facultades psíquicas no son las más adecuadas. Alguien a quien los servicios sociales de los ayuntamientos le han ofrecido por activa y pasiva un sitio en un albergue para comer dos veces al día y dormir calentito y ha rechazado esa propuesta en reiteradas ocasiones es una persona que, permítanme la expresión, le falta la tornillería entera, motivado, precisamente, por ese permanente vagar de calle en calle, de plaza en plaza y de esquina en esquina. Se pierde la percepción de la realidad y resulta sumamente complicado poder convencer a estas personas que su actitud no sólo es incorrecta, sino además perjudicial para su propia salud física y mental. Son desechos de la sociedad, un tema peliagudo que nadie quiere tocar, pero es necesario meterle mano antes de que suponga un problema mayor.

Miren, estoy convencido de que si varios vagabundos se apostasen en las puertas de la Moncloa, de Presidencia del Gobierno en Tenerife, del Cabildo de Gran Canaria o del Ayuntamiento de Arrecife de Lanzarote, serían inmediatamente expulsados de allí, porque harían feo para determinados políticos, pero el resto de los ciudadanos tenemos que convivir con una estampa que es doblemente insufrible. Primero, por los propios ‘protagonistas’ que han llegado a un nivel degenerativo tan profundo que no les importa, siquiera, estar desnudos en plena calle, defecar o incluso hasta perder la vida, como ha pasado en Santa Cruz de Tenerife en los últimos días con dos indigentes. Pero también es una escena dolorosa para los demás porque no sólo no puedes ayudar a estas personas, sino que además degradan el entorno, que no lo harán voluntariamente, pero tampoco es cuestión de encontrar una zona concreta de las ramblas santacruceras como unas letrinas que lleven tres años sin ver el agua y el jabón y tener que pasar además con cuidado porque alguna de estas personas se comporta de forma agresiva.

Evidentemente, no se trata de recurrir a la compulsión sobre las personas, pero tampoco podemos consentir que esta situación se degrade. Aquí no estamos ante la dicotomía de pongamos guapa la ciudad o dejemos que los indigentes nos jodan el turismo, sino que hay que procurar que los servicios sociales de las corporaciones realicen una labor más denodada para evitar, precisamente, los fallecimientos callejeros, internar donde corresponda a esas personas con las facultades mentales deterioradas y evitar, en la medida de lo posible, que los espacios públicos sean ‘las viviendas’ de estos particulares okupas. Ya verían como determinados políticos de la zeja y de la progresía más casposa pondrían remedio al tema, el mismo día, por ejemplo, que les plantaran el campamento delante de su casa. Por eso, como ellos no tienen el problema frente a sus narices, nos hablan de solidaridad y comprensión. Una doble moral muy habitual en la ideología progre-comunista.
 







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