USAma Big Bang LeDen . Carlos J. Álvarez

 



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      USAma Big Bang LeDen 


                                                Se os prescribe el combate aunque sea odioso. Es posible que abominéis de algo aunque os sea un bien, y es posible que estiméis algo que os sea un mal. Dios sabe, mientras que vosotros no sabéis.

[Corán, 2, 212-213] 
 

      Últimamente, la Mentira va que se desanda, hay que empujarla, la muy cariacontecida. Está triste por algo que no logro adivinar. Trato de animarla recordándole sus éxitos que no paran de crecer, pero ella insiste en la queja.

     ¿Tendrá motivos para ello?

      A mí me cuesta verlos, pero creo que soy injusto. Hay que ponerse en su lugar. Lleva milenios con nosotros, ha ganado casi todas las batallas, y nosotros, como justos injustos, la acusamos de ser enemiga de la Verdad. Claro que, ella me pregunta, no sin razón, ¿qué ha hecho la Verdad por nosotros? Porque siempre hablamos de ella pero ¡mira que se hace de rogar! Tal vez deberíamos de empezar a dudar de aquéllos que la alientan: los pocos que la han buscado nunca la encontraron (alcanzaban predicamento soliviantando a la fiel mentira) y los poquísimos que la han visto de frente se han convertido en piedra, como si de una Medusa se tratase. Los pocos que acusan a la Mentira de su ubicua fidelidad al hombre, defienden que el aislamiento de la Verdad es inexpugnable por obra de la fe y gracia de su prestigio.   

      Mientras animo este comentario, la mentira insiste en decaerse. No es bueno que se agazape en las esquinas, más propias de la Verdad que gusta de las encrucijadas, las dudas, los caminos que se cruzan sin retorno. ¿Se habrá rendido y por eso acapara los espacios de su adversaria?

      De cualquier forma, su estado me preocupa. Quizá tenga yo algo de culpa. Le he planteado sólo algunas objeciones que en ningún caso deberían dañarla así. Después de todo, si hablo en nombre de la verdad no debería darme crédito en tanto es más una cuestión de fe y credibilidad que de certeza. Compartimos un rechazo mutuo que no hace más que unirnos. 

     Pugno con ella porque es un enemigo de altura. La Mentira puso el trasero sobre las Torres Gemelas, como una sibila sobre el trípode del oráculo de Delfos, y cediendo los edificios al peso del embuste, lanzó al planeta una admonición:  

     ¾Al-Qaeda, por orden de Bin Laden, ha provocado 3.000 víctimas en la tragedia del World Trade Center. Le perseguiremos por el mundo bajo el catecismo neoconservador, y perseguiremos a los infieles que no acepten la Palabra de George Bush y la de todos aquéllos que vengan en su nombre.

     Debido al tamaño excesivo de un Titán como la Mentira, que junto a la Necedad y al Miedo conforman la trinidad de los invencibles, me atreví a seguir los dictados del Bien sobre el Mal. Con vocación de discípulo, me dispuse a estudiar la naturaleza de la grandeza de nuestro profeta y me topé con algunas salvedades que enseguida justifiqué. Más que sólida, diría que su formación era más bien gaseosa, si bien dominaba el analfabetismo. Esta sorpresa enseguida se convirtió en admiración, ya que no le diferenciaba de cualquier otro profeta. La diferencia más notable la encontré al comprobar la falta de una locuacidad manipuladora, tan usual en los grandes enredadores de almas. Grandes Maestros como Adolfo Hitler o el mismo Lenin, la poseían. Esto me desconcertó aún más que su afición al alcohol o las refriegas: cualidades que mostraron en su juventud algunos de nuestros más admirados, como San Ignacio de Loyola.

     Tan sólo hallé descanso a mi congoja al encontrar una razón al porqué  nuestro nuevo Mahoma no era un derrochador de discursos inolvidables. Según el Center For Public Integrity, el profeta Bush realizó 935 declaraciones falsas entre 2001 y 2003, sólo en torno a la amenaza de Irak; 232 referentes al tema de las armas de destrucción masiva, y 28 inexactitudes sobre las relaciones de Irak con Al-Qaeda. Por si fuera poco, en su libro Decission Points, declaró haber mentido cuando aseguró con furor la existencia de las armas de destrucción masiva. En este momento, como buen creyente (bien por terror o por fervor) en el nuevo sistema, pensé que tal vez fallaba la credibilidad de sus dogmáticos asertos. Con toda prevención y sin ánimo de dudar de la empresa que exigía venganza, no sólo no entendí qué tenía que ver el petróleo de Irak en la balanza de la justicia planetaria, sino que dudé de mi fe al punto de pensar que, de no existir la empresa del mal llamada Al-Qaeda, tampoco existiría su cabeza fundadora Bin-Laden.

     En enero de 2001, en la Sala de Tribunales de Manhattan, EE.UU. acusaba oficialmente a 4 hombres de delitos contra el Estado. El juicio se realizó a propósito de los atentados terroristas a las embajadas de EE.UU. en Kenia, Nairobi, el día 17 de agosto de 1998. Según el programa de la BBC encargado de esta investigación, decidieron procesar a Bin Laden por su cuenta. El  problema era que la ley americana necesita evidencias de organización criminal para punir un hecho de esta naturaleza. La solución la trajo un ex asociado de Bin Laden llamado Jamal Alfardd. A cambio de protección, éste denunció a aquél para librarse de su acreedor, al que debía una ubérrima cantidad de dinero. Al parecer, la nueva sucursal del infierno la llamarían Al-Qaeda, la cual se creó para aunar bajo un mismo nombre a grupos dispersos de fanáticos, con poca capacidad organizativa y algunos copiosos inversores anónimos.

     De esta forma, me sentí como un Yihadista sin un Mahoma al que idealizar, y sin un grupo terrorista occidental al que destruir. Tan sólo me faltaba descubrir qué pasaba con el anticristo llamado Bin Laden. Por aquél entonces, la Mentira no paraba de demonizarlo, y temerosa como estaba de mis éxitos contra ella, envió a su ejército televisivo contra mí. Lo que resultaba paradójico es que mi voluntad de hallar la verdad se debía a mi furor religioso, pero en cambio me encontré a mi propia religión hostigándome con furor.  

     Fue a comienzos del 2011 cuando me enteré de que, en lugar de hacerlo conmigo, la Mentira y sus cómplices decidieron matar a Bennazir Buttho, ex primera ministra de Pakistán, unos días después de realizar una declaración que invitaba a la herejía. En la entrevista que le hizo David Frost, ex presentador de la BBC, el 2 de noviembre de 2007 para la cadena de televisión Al-Jazzera, la hereje admitía que un tal Omar Sheik había matado a Bin Laden ese mismo año.

      Sí, amigos míos, tal vez fue por todo esto que decidí que debía encontrar al mismo anticristo para poder deducir alguna verdad y entonces luchar a favor del nuevo régimen, pero no fue así. Al contrario de lo que hicieron San Agustín o San Pablo o Mahoma o Constantino o San Etc… nuestro profeta del mal fue un hombre de bien antes de hacerse portador del mal. Bin Laden fue amigo la familia Bush con la que hacía negocios, y además fue entrenado por la CIA para la guerra en Afganistán. Como buen demonio, elige para aparecerse a sitios sagrados como la televisión, y usa de sus artes mágicas para que la gente no se acuerde de él. La Mentira anda dándome pisotones por descubrir la complicidad de la televisión, pero yo soy demasiado pequeño para ella y por ahora logro esquivarla. Se necesitan varios cuerpos míos para cubrir una de sus huellas.

      La batalla por mantener la credulidad del nuevo catecismo neoconservador es tal, que aún ultimado el magisterio de Bush, ha utilizado a su discípulo San Pedro Barak Hussein Obama, pescador de incautos y protegido por el Altísimo que le ha dado el poder de conferir milagros como el que un hombre invisible llamado Bin Laden muera sin dejar rastro, como sólo pueden hacerlo los fantasmas o los demonios. 

      Lo peor de todo es que me he quedado sin religión, porque, sin un profeta creíble, ¿cómo voy a creer en el demonio que combate? Y, si no ha muerto, ¿resucitará al tercer día o al cuarto o al…? Y, de ser así, ¿bajo qué forma lo hará?, ¿será un mártir de los nuevos demonios? Yo, por mi parte, estoy contento, porque así es probable que la gente empiece a creer en el nuevo profeta Obama. Desde hacía algún tiempo, la Mentira le había pegado su flojedad, ya nadie creía en él, pero las estadísticas aseguran que ya empieza a renovar su apostolado con nuevos seguidores, de forma lenta pero segura, como empiezan las religiones milenarias.  
 

     Pero, aguarden un momento… creo que se está levantando…  la Mentira se está levantando del rincón que le apropió  a la Verdad y parece que va a decir algo:  

      ¾¡Es de lo más justo… ¾grita con rabia, ya que la justicia es territorio de la verdad¾ … Llevo generaciones en la cúspide de mi carrera y he conseguido mi mayor éxito en los últimos años!... ¡Aún así, tú insistes en negarme! ¡Es horrorosamente digno lo que haces!

      Para que entendamos bien su enojo, debo aclarar que, cuando ella dice digno, quiere decir indigno. Pero imagino que ya habrán tomado nota de ello.

     Ruego me disculpen. 

 






Comentarios hacia esta página:
Comentado por Angelo Olivier( ), 08-05-2011, 18:40 (UTC):
Estimado Atlas de estas Ciberpáginas:
habiéndole leído (y aceptado sus disculpas, que no ausencia alguna), creo necesario elogiar su valentía al tratar con ironía cómo se arrebata la Verdad con la Mentira, cuando más se trata de vestir de aquella a ésta a través de los medios de (des)información.
Seamos bienvenidos a la Tierra Escéptica...
Sólo echo de menos un comentario acerca de los que con los ojos cerrados creen ver, y sobre todo quienes ven pero prefieren desviar la mirada o aceptar abiertamente lo indefendible para una civilización que se autodenomina defensora de los Derechos Humanos.
Sí a que la Justicia Internacional persiga, juzgue con garantías y condene...
Pero los tiempos del far-west no parecen superados cuando el Dead or Alive es practicado por tecno-marshalls (SEALS) más allá de sus fronteras: ¡Si Ambrose Bierce levantara la cabeza...!
Le propongo que, como penitencia, le encienda una vela y rece a un nuevo beato no reconocido aún en nuestro Vaticano: San John Wayne (just in case...)



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