Tercera parte de la trilogía del respeto. Erik Stengler


 


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Tercera parte de la trilogía del respeto



Escena que presencio mientras me encuentro en una sala de espera de un centro hospitalario, cerca del mostrador de recepción. Llega una mujer a la que el personal (recepcionista y enfermero) saludan con efusión y amabilidad, con la familiaridad de quien se conoce ya de tiempo atrás. Tras los saludos y demás parabienes, el enfermero la acompaña donde el médico al que venía ella a ver, le atiende de inmediato y le dedica todo el tiempo necesario, que resulta ser de casi media hora.

Qué mejor ejemplo de lo humano que es el trato en los centros hospitalarios españoles. De lo amable que puede hacerse una situación que en un país más  “frío” habría transcurrido como una mera transacción más: entrega de la tarjeta sanitaria, aceptación de la consulta y atención del médico en diez minutos.

¿Seguro? Veamos si lo ven de igual modo con esta información adicional. Se trata de la sala de espera de urgencias, y sólo hay un médico, el de turno. Es decir, si yo ya estaba en la sala de espera, el siguiente para ser atendido era yo. Obviamente la señora que entró no tenía ninguna urgencia: vino tan campante con ganas de charlar (quizás esa era su urgencia) y si fue atendida con tanta deferencia como para saltarse el turno era porque era conocida o amiga de alguien en el centro – probablemente el propio médico.

Entonces, ¿es realmente más humana una recepción de urgencias donde, sí, hay mucha cháchara, mucha efusividad, y se ríe y se sonríe mucho? Claro que depende de lo que entendamos por “humano”. Para mí un ingrediente fundamental de ese concepto es el respeto, y no creo que denote mucho respeto por las personas o por el sistema que una “amiga” del doctor entre al centro sanitario como si fuera su casa, se salte el turno y detenga el servicio durante media hora, máxime un servicio de urgencias, cuando era obvio que no era su caso. 

Esta situación es propia de una sociedad donde prevalece esa “humanidad” mal entendida del amiguismo – todo el tiempo la gente busca al amigo que “le arregle el asunto”, ya sea en la administración, porque “conoce” a alguien dentro que te resuelve el papeleo o en la atención sanitaria, porque tiene un ”amigo” que te hace la receta, o lo que sea. Y a la inversa, quien quiere quedar bien, siempre busca la manera de hacer valer su influencia para beneficiar a los amigos: “eso te lo arreglo yo, que conozco al hermano del alcalde”, “eso te lo resuelvo yo, que trabajo en la sucursal bancaria”. Luego nos extraña –o quizás no—que a gran escala los políticos dediquen sus mayores esfuerzos en beneficiar a los amigos, ya sea para cosechar votos o para devolver favores de la misma índole.

Y los ciudadanos de a pie, a lo que aspiran es a tener un “amigo” en los lugares estratégicos y así ir tirando: uno en el consultorio médico, otro en hacienda, otro en el ayuntamiento, etc… Y los que no lo tienen, por pura envidia intentan crearse su propia red de favores de ida y vuelta, y así se nos van las energías, montando un entramado de falsas amistades basadas en el puro interés, que cuando desaparece se dejan de lado y ya está. Y entonces vienen las venganzas y las denuncias, falsas o verdaderas, las reyertas y demás modalidades de la revancha. Y así montamos una sociedad llamada España… volvamos a la pregunta inicial: ¿más humana?

A mí me parecería más humano, y desde luego me daría como ciudadano mucha más paz y tranquilidad que la permanente fiesta, tenderete y juerga que nos caracteriza, el poder ir tranquilo a cualquier establecimiento, administración pública o servicio sanitario y saber, con seguridad, que se va a respetar el sistema y a través de él, se me va a respetar a mí. Que no voy a pasarme más horas de la cuenta en una sala de espera porque pasan primero los amigos y los amigos de los amigos y aquellos que ya tienen derechos adquiridos por su capacidad de venganza si no se les atiende como quieren. Eso no es humano ni cívico ni implica respeto, por muchas risas y sonrisas que lo adornen.

Pero para eliminar eso hay que empezar escrupulosamente desde la base: si tengo una tienda de zapatos, por muy amigo que sea el último en la cola, respeto el turno y le atiendo cuando le toque. Con más efusividad, posiblemente, pero sin darle privilegios respecto a los demás. Claro que es muy tentador “quedar bien”, pasarle a la trastienda y atenderle mientras la cola sigue su curso. Sobre todo si él tiene una ferretería y te hace lo mismo cuando necesitas una llave inglesa. A primera vista, una sociedad donde el zapatero y el ferretero son tan colegas, y también el panadero, y el de la tintorería, y el del kiosko, y el policía municipal, haciendo la vista gorda al coche mal aparcado… y todos se ayudan tanto, parece más humana, más distendida, más amable. Al fin y al cabo, ¿Qué hay de malo en ayudar a un amigo, cuando tiene una necesidad? Pues hay de malo que de esos polvos vienen luego los lodos de la corrupción, el tráfico de influencias y demás males endémicos de la política en España. Es exactamente lo mismo a pequeña escala y lo que genera es que todos quieran ser y tener “amigos” de esa índole. Eso no es una sociedad más humana: es una sociedad enferma, muy enferma.

Un par de ejemplos de lo que sí lo es: hubo un país donde los judíos, tras haber estado deportados durante la época nazi y la segunda guerra mundial, al volver a lo que eran sus casas, no las encontraron saqueadas u ocupadas por otros, sino tal como estaban –incluyendo el pavo que estaban cocinando, completamente descompuesto—e incluso con el alquiler pagado por sus vecinos para que no se las quitaran.  Hay otro país en el que te puedes ir de vacaciones un mes dejando la casa sin cerrar y el coche con las llaves puestas, y así aparece a tu regreso, sin que nadie se haya llevado nada. Y hay muchos países en los que los servicios públicos, como por ejemplo la sanidad , son tan “inhumanos” y “fríos” que te atienden cuando te toca – aunque seas el alcalde o el primo del propio médico.

 






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