Sanidad, alfabetización, respeto y derechos. Un Alien

 


Tenerifeweek.com no se hace responsable de las opiniones vertidas por sus colaboradores o lectores



Sanidad, alfabetización, respeto y derechos



Un Alien
 

Escucho la radio y me maravillo, me siento fuera de órbita. En una especie de feria hay jóvenes hablando sobre adelantos técnicos para el cuidado de los mayores:

• Una alfombra que al pisarla se ilumina la habitación señalando el camino al baño, para los despistados medio en sueños.
• Una especie de portero con grabador de mensajes, donde uno deja un mensaje: “Matilde acuérdate que Antonio pasará mañana a verte”.
• Una red telefónica por la que enviar imágenes de heridas de modo que el médico le dice al enfermero que atiende en casa lo que hay que hacer en ese momento.
• Una base de datos a la que conectarse para decir cómo se siente uno en su enfermedad o con el tratamiento, de modo que los médicos puedan modificar el tratamiento en el momento.
La pregunta del periodista: “¿los mayores están preparados para usar estos adelantos?” Respuesta de los jóvenes inventores: “los mayores están acostumbrados a usar internet y manejar ordenadores, no habría ningún problema”. Estos jóvenes hablan de una generación que no ha crecido con los ordenadores, aunque desde luego no era analfabeta ni en letras, ni en ciencias, ni en tecnología. Por supuesto, la radio era la radio nacional de otro país. Y esto me lleva a pensar en la analfabetización ciencio-tecnológica de nuestro país: antiguamente analfabetos de letras, ahora analfabetos ciencio-tecnológicos. Y esto fue ayer.
Hoy, el día después de escuchar la noticia del otro mundo, fui a hacer un análisis de sangre en uno de nuestros centros sanitarios públicos. Por supuesto la primera cola se deshizo en cuanto se abrió el centro y todo el mundo se sentó aleatoriamente esperando a que la enfermera colocara los números para coger turno. Algunos de los que llegaron durante esa espera preguntaban quién era el último y otros no. Y si no, alguien señalaba quién era el último, no te fueras a colar luego para coger número. El caso es que hasta hubo una señora que recalcó el hecho de que había que preguntar quién era el último, porque, claro, siempre pasaba lo mismo: nadie hacía caso de la cola. Y esto se lo comentaba con crudeza a una mujer que no había preguntado quién era el último.
Y llegó por fin la enfermera y colocó los números. Y pasó lo que había predicho la señora: todo el mundo se abalanzó sobre los números sin tener en cuenta el orden de llegada. Por cierto la mujer que no había preguntado quién era el último fue de las primeras en coger número a pesar del escarnio público que había sufrido hacía sólo cinco minutos. Pero es que no se libró nadie de la marabunta que se abalanzó sobre los números. Los que habían protestado por los que no parecían querer guardar la cola se abalanzaron igualmente, la dignidad perdida, la ley de la jungla prevaleciendo.
Eso sí, hubo alboroto en el gallinero: un señor protestó diciendo que era culpa del sistema, la enfermera se defendió diciendo que ella sólo hacía su trabajo y el señor contestó que iba a protestar por este trato tercermundista. “Tercermundista”, qué gran palabra. El trato tercermundista no era del sistema, el trato tercermundista era el que la gente tiene entre sí, eso era el tercermundismo, el que la gente no supiera guardar la cola como los ingleses, el que nadie, ni siquiera los gritones y protestadores de turno sean capaces de respetar a sus congéneres.
Además, ahora me pregunto ¿realmente este señor ha llenado una reclamación, una protesta? Los alemanes, de los que tanto se despotrica por ser cuadrados, rellenan hojas de reclamación cada dos por tres. Pero no se les oye despotricar estentóreamente entre sus congéneres. Rellenan la reclamación o denuncia y van hasta el final con ella, porque quieren exigir sus derechos, poniendo a trabajar a toda una maquinaria administrativa y legal. Y así consiguen que los sistemas les funcionen, porque son constantemente revisados por los usuarios. Aquí nos damos unos gritos unos a otros y nos quedamos tan anchos. Porque el grito te quita el cabreo momentáneamente. Pero no movamos un dedo: eso sí que es peligroso hasta para la
salud.

 



 





Añadir comentario acerca de esta página:
Su nombre:
Su dirección de correo electrónico:
Su mensaje: