SOBRE LAS VUELTAS QUE DA…EL COLE. Grissela Pérez









 

Vivo en Elgin, un suburbio de Chicago, en el estado de Illinois, EEUU. Pretendo contarte, desde aquí, esas pequeñas cosas que sorprenderían a cualquiera que se enfrente por primera vez con una cultura diferente a la suya. Espero que lo disfrutes.





 
SOBRE LAS VUELTAS QUE DA…EL COLE


 
Es casi un rito en los medios periodísticos. Cuando llega septiembre parece obligado hablar de la vuelta al colegio de los más pequeños de la casa. Es como si el verano se hubiese acabado definitivamente, como si se hubiese dado un parón definitivo y anual, y tuviésemos encima el otoño de golpe, con su olor a mochila estudiantil, coletas y uniforme. Sin embargo, es en octubre cuando comienza el último ciclo académico de una persona, es decir, la universidad.

Ya empezamos con las divergencias. Millones de niños a ambos lados del gran charco azul abren sus mentes y sus cuadernos al nuevo aprendizaje, con la esperanza de la continuidad: un año más, un curso más, un escalón más hacia el futuro. Pero los pasitos no son iguales para todos ni tienen tampoco una frecuencia similar aunque el objetivo sea el mismo. En este país las diferencias se dan incluso entre distritos escolares. Para algunos las clases comenzaron a mediados de agosto, mientras que para otros, el día nueve de septiembre se convierte en el toque de queda en un estío ya moribundo. La llamada a las aulas tiene distintas fechas.
En el Medio Oeste americano, mientras los niños de Michigan no han comprado aún los materiales escolares, los de Illinois grandísimo foco de inmigración- andan discutiendo, en diversos foros, sobre la conveniencia de organizar el curso académico en torno a unas vacaciones de tres semanas cada no sé cuántos meses. Se trata de que los períodos de descanso no eliminen del todo los conocimientos adquiridos previamente por los cerebros infantiles. Así, en lugar de una semana “blanca” en febrero –como por aquí la llaman- la fiesta podría prolongarse durante veintiún días. Y así sucesivamente en Semana Santa –o Easter-, en verano y en Navidad. Meses de estudio y tres semanas de asueto, indefinidamente y durante todo el año, cuando coincida con las festividades de los adultos. Sin parar y en aras de la productividad, léase mejores resultados en las notas. O, dicho de otro modo, para evitar las pérdidas de la poca memoria que los niños de hoy deben utilizar.

Es curioso que tanto aquí como allá, no exista discusión pública alguna en cuanto a las materias que se imparten ni cómo se dan; no se habla de la cualificación del profesorado ni tampoco se plantea un sistema integral de educación en donde toda la sociedad se implique –como sucede en Finlandia, por ejemplo, primer bastión mundial en resultados educativos-. Se silencia el fondo de la cuestión porque priman las formas y ya no nos preocupa qué es lo que los niños aprenden sino cada cuánto lo hacen, y si se les olvida o no.
Mientras nuestros pequeños y mutuos desmemoriados crecen, hábiles todos ellos en lo que denominan “nuevas tecnologías”, el Día del Trabajo llega a los hogares norteamericanos. Y no, no me he confundido. Digo bien cuando afirmo que el nueve de septiembre se celebra en EEUU el Día del Trabajo, que marca un antes y un después en muchas cosas. Para algunos estados, se acaba oficialmente el calor, por lo que todos los barcos se retiran de los lagos y se guardan a la espera del invierno, aunque el termómetro roce los treinta grados centígrados aún. Las pistas de patinaje sobre hielo se abren porque empieza la temporada de hockey –y ese es un deporte nacional-. El hielo trae las competiciones de invierno con estilo artístico o con esquís, y hay que irse preparando. Llegando diciembre, se verán los logros obtenidos por haber empezado con prontitud y alevosía. Pero apenas se inicia el noveno mes del año, el mundo contiene la respiración el día 11.
Nos parece lejos la Diada Nacional Catalana, que tantas críticas suscitó durante años y que tanta polémica generó en sus celebraciones. Las acusaciones de ultra nacionalismo y de separatismo pululaban con absoluta cotidianeidad ante ese día no hace mucho.

Seguramente, no teníamos nada que nos pareciese más importante que eso ni otro referente que calmase las iras de algunos.
Hasta que llegó el 11-S. Dos aviones, dos torres, miles de muertos y la incredulidad se convertía en silencio respetuoso. El día 11 de septiembre ya nunca será ni aproximado a lo que conocíamos en el planeta Tierra, gracias a la audacia de unos fanáticos que sacudieron la tranquilidad del primer mundo. En Cataluña, la fiesta de la Merced, patrona de Barcelona, el 24 de septiembre, cubrirá de gozo y expectativas el mes, otorgando la fuerza necesaria para enfrentar el duro invierno. En Tenerife, como si los cielos escucharan, el segundo icono religioso de la isla tras la Candelaria, o sea, el Cristo Lagunero, abre sus brazos al fresco de su plaza y a la humedad transpirante de su tierra acomodando a quien quiera disfrutar de la Ciudad de los Adelantados. En Estados Unidos el trabajo primero y luego un silencio ensordecedor, aquieta un tiempo que se caracteriza por el colorido intenso, cambiante en las hojas de los arces y los robles como preludio de un temprano recogimiento.

Tendremos que tomar fotografías de todo ello y documentarlo. No sea que los olvidadizos niños de hoy y dirigentes del mañana no recuerden jamás qué es lo que sucede cuando llega septiembre.