SOBRE LAS FIESTAS. Grissela Pérez.









 

Vivo en Elgin, un suburbio de Chicago, en el estado de Illinois, EEUU. Pretendo contarte, desde aquí, esas pequeñas cosas que sorprenderían a cualquiera que se enfrente por primera vez con una cultura diferente a la suya. Espero que lo disfrutes.




 
SOBRE LAS FIESTAS





Nos viene desde lejos y desde atrás, es decir, que es bien antiguo. Más que de las circunstancias, yo diría que es algo inherente al ser humano: el llorar y el reír nos pertenece incluso más de lo que nos gustaría demostrar a los demás. No sabemos si el llanto fue primero o si fue la tristeza quien tomó el mando. También desconocemos si primero brotó la alegría y luego la risa o si probamos la mueca y, a continuación, nos sorprendió el sentimiento. Como seres humanos ¿qué nació antes, qué ostenta la primogenitura? Quizá nunca lo sepamos, empeñados, como estamos, en conocer aspectos técnicos y primordiales, antes de hurgar en las manifestaciones externas de nuestros primeros ancestros.
Lo que sí es cierto es que hubo un instante mágico e irrepetible en el que unos ojos miraron a otros ojos y transmitieron sin palabras la alegría, la tristeza, la ira, el miedo o la serenidad. Y que desde el momento en el que más de uno lo sintió, se produjo una manifestación colectiva. ¿Verdad que ya no es tan difícil imaginar a  un grupo de homo sapiens sapiens, caminando alrededor de una fogata, riendo y bailando a pesar de su tiempo o quizás, precisamente por el?
Hacemos estas reflexiones porque parece muy obvio y muy directo relacionar los hechos profundos, agitados, en nuestro propio interior, con una determinada forma de expresión pública. O sea que a tal causa, tal consecuencia directa, siendo la consecuencia siempre igual y de la misma forma, y, por tanto, de idéntica exposición ante otros.
Pues bien, no es así. Como la chicharrera que soy, el inicio de mayo me trae el sabor de las vacaciones anticipadas, el olor de las flores desde el corazón de la capital, las cruces mil veces repetidas y otras tantas renovadas, el día del trabajo con otro ritmo, el sonido del timple envuelto en traje típico bajo una noche, todavía fresca, pero ya con promesas de una calidez próxima, los labios sedientos del todo de la tibieza del mar. Mayo esboza ya el azul oceánico y el cielo limpio en el calendario, y se queda, en su trigésimo recorrido mensual, con la verde humedad de la primavera, demasiado tímida para explosionar sola. Es tiempo de oler la tierra tras la lluvia y presentir el verano. Se adivina la languidez y el letargo de las más vívidas ilusiones que habrán de llegar rápidamente. Ya el sol calienta al pedirle al viento que aún sople con los últimos resquicios del frío.  El mayo tinerfeño se perla de una luz que estallará en verano, cuando en cualquiera de sus pueblecitos,  podamos asistir a la elección de una reina feliz y esperanzada.
Y yo debería ver todo esto, que he descrito, justamente aquí donde vivo. Porque se supone que nos mostramos, desde las honduras propias, hasta las alturas de los demás, de la misma manera: con una chispa inicial e iniciática.
El día Internacional del Trabajo con que empezó el mes pasó por aquí de puntillas, sin nada relevante que comentar. Un sábado más que escondido, bajo un día gris y desapacible, sin grupos de personas reuniéndose en las calles, ni banderas ni pancartas ni reivindicaciones ni gritos discretos. Ni un comentario de compañeros en el trabajo los días previos,  ni una observación sobre los logros obtenidos, ni una sugerencia sobre futuros objetivos ni una mínima crítica  al sistema ni una aventurada afirmación acerca de las mejoras posibles, entre otras cosas. Nada, absolutamente nada que enturbiase el ritmo habitual sabatino. Y nada colectivo sucederá en este mes hasta el día treinta. Entonces será cuando mayo luzca, doliente, su fresca y verde hierba por encima de las filas ordenadas de tumbas y recordatorios en Memorial Day. Olvidados ya del invernal Día de los Difuntos, que aquí no tiene, ni de lejos, la fuerza y el impacto que alcanza entre la enorme población mejicana residente en éste país, Memorial Day llega a las puertas del verano como si de una última advertencia se tratase; previniendo la falta de memoria ante los ausentes.
Antes del calor continuo y definitivo, habrá una postrera reflexión  sobre lo que estuvo y se fue. El ciclo del frío se cerrará completamente. La muerte clausurará el invierno y atraerá para sí las visitas masivas –esta vez sí- e indiscriminadas de gentes variopintas que presentarán sus respetos frente a las tumbas, y depositarán flores a los pies de diversos monumentos conmemorativos de los hijos de la tierra, fallecidos en combates lejanos o en actos de servicio a su pequeña comunidad. El Día de la Memoria los unirá a todos en un silencio común y sentido profundamente. Por lo que fue y por lo que es. Por el que da generosamente hasta la sangre por los demás, en ese arrebato decidido y misterioso que tiene a la vida como escalón final. En unos días, veré el tráfico silencioso, rodando en las carreteras norteamericanas, con una quietud desacostumbrada. Y, a pesar de los presagios de renacimiento con que el aire se irá llenando, las cabezas de los transeúntes estarán más bajas de lo habitual. Será la forma en la que este pueblo transmita públicamente su dolor y su condolencia por los que se perdieron en el camino de la historia cotidiana.
Mientras tanto, en unas islas lejanas desde aquí, se celebrará el Día de la Comunidad Autónoma con fiestas, risas, cantos y alegrías. La mirada estará puesta en el futuro como superación de un presente difícil. Y aunque sea sólo por un instante, parecerá que lo que ha de venir podrá hacernos olvidar lo que ya hemos vivido.
Entonces, y a la luz de la madurez, las preguntas serán obligadas. El sol nace para todos cada día. En su recorrido va iluminando hombres, bestias, plantas, mares y países. En ese mismo viaje, deja ennegrecidos y  oscuros otros tantos tras su paso. Al morir el día, surge la noche. Para que haya luz, tuvo que haber sombra. Sólo al partir hacemos más profunda nuestra presencia. Siendo el mismo día, con las mismas constantes ¿por qué nuestras expresiones públicas son tan diferentes? ¿es la memoria y la celebración sólo una anécdota o hay algo en nosotros mismos que nos impulsa hacia la diferencia? ¿es lo privado estrictamente personal o se impone lo colectivo hasta extremos insospechados?
En tanto que el océano sea capaz de unirnos y el sol nos separe, ¿habrá equilibrio? ¡Hasta la próxima!