SOBRE LA CONEJA DE LA SUERTE. Grissela Pérez








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Vivo en Elgin, un suburbio de Chicago, en el estado de Illinois, EEUU. Pretendo contarte, desde aquí, esas pequeñas cosas que sorprenderían a cualquiera que se enfrente por primera vez con una cultura diferente a la suya. Espero que lo disfrutes.






SOBRE LA CONEJA DE LA SUERTE

Tengo que reconocer que este mes me ha dejado noqueada. Me refiero a abril. Yo me presuponía envuelta en plácidas lecturas, recordando a Cervantes y a Shakespeare, y comparando usos y costumbres de distintas civilizaciones. Porque ese es el motivo último de esta palabra escrita. Pero hay varias hechos que me han resultado sorprendentes.

Quiero contarles que me siento más espiritual que religiosa. Por eso me llama la atención poderosamente que los distintos seres humanos que voy conociendo en este periplo norteamericano, me recomienden sistemáticamente la asistencia a misa los domingos de forma regular. Cuando les hablo de mi formación católica, de mi desinterés en las religiones muy organizadas, de mi agnosticismo recalcitrante y de mis devociones, todos insisten en lo mismo. Que crea lo que quiera –dicen-, que en tal o tal iglesia los correligionarios tienen diversos credos porque eso es lo de menos. Que lo importante es asistir, relacionarse y encontrar dentro de ella aquella rama en la que ayudar a los demás. Porque lo llamativo del asunto es que cada iglesia tiene reuniones para familias, para divorciados a la búsqueda de nueva unión, para solteros, para lecturas bíblicas, para jubilados…Y muchas de ellas también imparten gratuitamente clases de inglés, tienen bolsas de trabajo, grupos de costura y una sección para repartir y recabar comida a los hambrientos. Tamaña especialización me deja sin respuestas porque, para mí, eso se acerca más al concepto que tengo de un centro social que al de una iglesia. Pero también es verdad que aquí no existe un centro social o cultural genérico asentado en un barrio o vecindario, que es como yo lo conozco. Por otro lado, ahondando en el significado profundo de la palabra iglesia, esta remite al lugar de culto en donde se habla de Dios. ¿Y no es mejor hablar de él que seguir sus normas?¿o, por el contrario, la voluntad de acudir todos los domingos nos libera de un estricto cumplimiento de su palabra? Quizás en el medio esté el equilibrio, pero anteriormente hemos trazado dos formas diferentes de vivir la religión y ninguna es la mitad de la otra. ¿Querrá decir esto que seguimos siendo las mismas ovejas perdidas de siempre, veintiún siglos más tarde de la muerte de Jesús? Porque, obviamente, si hay un mes en el que uno piensa en la Pasión de Cristo, ése es abril.

Lo que aquí se denomina el “Spring Break” o el descanso de Primavera se tradujo en una semana de vacaciones estudiantiles que se disfrutaron tres semanas antes de la Semana Santa litúrgica. Así que, aunque una no sea más que una alumna de la vida, en el ambiente se respiraba un cierto tufillo a vacaciones. Por tanto, al llegar el momento de rememoración religiosa, el aire aún tenía un tinte festivo. Fui al supermercado a echar un vistazo al pescado que me iba a comer el viernes santo porque crecí con esa tradición. Y me encontré el lugar infestado de conejos de toda clase y condición. Conejos de peluche, envolturas de colores chillones con conejos, conejos de chocolate, mini esculturas de conejos en familia, vasos, platos, manteles con conejitos silvestres, todos los cuentos de conejos de diferentes culturas, postres, tartas y bizcochos con forma de conejos, suéteres y camisetas con conejos en el frontal y huevos. Huevos de colores, en hueveras plásticas, huevos color pastel, huevos matizados, en fin, toda clase de huevos. Pregunté y pregunté. La respuesta fue siempre la misma: es Easter, o Pascua, y el domingo de resurrección, los niños salen a recoger al jardín aquellos huevos que la coneja escondió. Y yo aún estoy estupefacta al tratar de conciliar conceptos, ideas y tradiciones.

Llega la dichosa boda real en Inglaterra y en este país, largamente republicano, se celebra y se sigue con una fruición increíblemente monárquica. Al mismo tiempo, se quejan en el Vaticano de que el acontecimiento opaca la beatificación de Juan Pablo II, pero, tras el evento, se jactan de tener el mismo seguimiento que la boda. Mayo empezó con el titular “USA mató a Osama Bin Laden” como si los trescientos millones de personas que pueblan este país se hubieran desplazado en un suspiro a Pakistán para acabar con el terrorista. Cuando escuché el discurso del presidente Obama tuve la sensación de que si, en su lugar, hubiesen puesto la cara de Reagan o de Bush, la alocución habría sido la misma. Mientras tanto, cada vez que miro los campos inmensos y verdes de este país, sólo distingo conejos por todas partes, y ramas y nubes en forma de peces. Me congratulo de que no son tornados y, una vez más, me parece que ser emigrante es muy difícil, porque nos obliga a hacer un ejercicio de comprensión que a veces se nos escapa ¿o será que hemos encontrado al conejo de la suerte? ¡Algún día lo sobremos, espero!. 


 





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