SENCILLAMENTE COLOSAL . Beatriz Grissela









 

Vivo en Elgin, un suburbio de Chicago, en el estado de Illinois, EEUU. Pretendo contarte, desde aquí, esas pequeñas cosas que sorprenderían a cualquiera que se enfrente por primera vez con una cultura diferente a la suya. Espero que lo disfrutes.







SENCILLAMENTE COLOSAL

 
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Colosal. Así, con todas las letras. Ese es el adjetivo más comúnmente utilizado por todas las estaciones meteorológicas del país, para definir a la tormenta con la que se ha presentado éste primer día del mes de Febrero. ¿Ha entrado fuerte, verdad? Ya llevábamos 24 horas de nieve sin parar. Pero nos decían que lo peor estaba por llegar. Como se sabía de antemano –¡milagros de la tecnología!- han decretado una alerta que ha durado desde las 15 horas del día 1 a la misma hora del día 2, esperándose el grueso del frente frío para las 9 de la noche del primero. Han soplado vientos de 120Km/h., han caído 22 pulgadas de nieve y empezó una ventisca de nieve y hielo de película. Como no teníamos bastante, el “efecto del lago” ha venido a añadir leña a la situación. He preguntado sobre lo que era esto, y me han respondido que el lago –Michigan, se entiende- regala agua a raudales, y un viento tan frío que la convierte en más nieve.
Ciertamente, cuando uno lo bordea por carretera, encuentra que aquéllas zonas en la que se deja sentir el “efecto del lago”, el manto de nieve es doble y el frío, también. Pero en estas fechas, nos han prometido que vamos a batir el récord de 1967, y tendremos temperaturas aún más bajas que entonces. Los colegios cerraron, los siete aeropuertos de Chicago están clausurados, con más de dieciséis mil vuelos cancelados. Los organismos públicos y oficiales no abrirán ni para sus empleados, aunque me han sorprendido las llamadas telefónicas a mi casa, con voces grabadas desde algunos de ellos, pidiéndome que no saliese a la calle, que mi vida podría verse amenazada y recordándome los números de teléfono de las distintas secciones de emergencias: apagón de luz, corte en la calefacción, demasiada nieve en la calle, grúas municipales, falta de comida, refugios, etc.
Podría ponerme nostálgica y empezar a pensar en el paraíso tropical con que vendemos mi tierra a los turistas. Pero un par de vistazos a los medios de comunicación y a los amigos han terminado por salpicarme la cara con el temporal de agua que está cayendo por allí también. El padre Teide –pico más alto de España- tiene una nieve tan blanca como ésta y las autoridades han decidido cortar todos los accesos por carretera al parque nacional en el que se halla. Y ya se sabe que cuando nieva, las temperaturas bajan de manera generalizada ¿a qué me recuerda esto?
El 2 de febrero se celebra la fiesta litúrgica de la patrona de mi tierra. Es la Candelaria, que ostenta un bebé en un brazo, y un velón de luz en el otro, iluminando en pleno invierno a quien se le acerca. Y en éste clima, es fácil ver quién trabaja. Cada media hora aproximadamente, un hombre conduciendo una camioneta quitanieves, pasa por delante de mi casa, limpiando lo inacabable una y otra vez, sin descanso, día y noche. Los vecinos fumadores nos hemos reunido varias veces en el portal del edificio –sí, esos que lo desafiamos todo- para asombrarnos y reírnos del temporal, sin fijarnos en los colores de la piel ni en el de los pulmones. Una pareja de recién casados se aventura a dar la vuelta al bloque, para experimentar la ventisca y tener algo que contar cuando sean abuelos. Y también sé que en mi país, hay unanimidad cuando se trata de enfrentar lo más duro que la naturaleza nos avienta. En medio de esto, soy consciente de que, en determinados momentos, sólo la palabra “humanos” es la que nos define y nos une. La que nos pone a todos en la misma línea de partida. La que nos identifica frente al medio y al miedo. La que nos impulsa a extender una mano y agarrar al otro para que no caiga. Y mientras observo, con los ojos inquietos de emigrante, lo que es diferente a mi alrededor, concluyo, igual que en la tele, que este tiempo es sencillamente colosal.