RUIDO, TERCERMUNDISMO, Y LOS MALES QUE NOS AQUEJAN (Apología del Respeto, 1ª Parte). Erik Stengler


 


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RUIDO, TERCERMUNDISMO, Y LOS MALES QUE NOS AQUEJAN
(Apología del Respeto, 1ª Parte)


 
Resulta que no es necesario recurrir a profundos análisis sociológicos o antropológicos para entender por qué nos va como nos va en política, economía, educación, cultura y demás ámbitos sobre los que siempre los ciudadanos nos quejamos pero en los que nadie hace nada para cambiar las cosas.
Basta pensar: ¿de qué tipo de países son típicos la corrupción, el amiguismo, el nepotismo, el tráfico de influencias, la arbitrariedad en la justicia, etc…? A todos se nos vienen a la cabeza países subdesarrollados, también conocidos como tercermundistas. Y la respuesta al interrogante inicial es inmediata: vivimos en un país tercermundista. Con fachada de país del primer mundo, hasta habiendo solicitado ser del G8 y del G20 en algún momento boyante de nuestra burbuja económica, no somos más que una sociedad subesarrollada.
Una clara señal de que los males atribuibles a los políticos son el fruto de la sociedad de la que surgen éstos está en otro síntoma de tercermundismo que tenemos mucho más cerca de nosotros, y que estaría en nuestras manos cambiar si nuestra mentalidad no fuera tan subdesarrollada. Hablo de la incapacidad de celebrar nada sin recurrir al ruido y al barullo. Desde las Fallas y los Carnavales hasta la más pequeña fiesta de barrio ha de revolver siempre en torno a petardos, voladores, música a todo volumen hasta altas horas de la madrugada, sin nunca tener en cuenta a los ciudadanos que no participan, que tienen derecho al descanso y ninguna obligación de tomar parte en la fiesta ni de tener que irse de sus casas para poder seguir con sus vidas.
Claro que para los Ayuntamientos es muy barato comprar las voluntades de sus votantes siendo “la alegría de todas las fiestas”, financiando y enviando técnicos de sonido para que pongan watios y watios de altavoces en las calles y a base de decibelios aturdan a los ciudadanos que cargados de alcohol ya llevan bastante del camino recorrido hacia el adocenamiento, que va muy unido a la mediocridad que reina en este país.  También se hacen cómplices accediendo a prohibir aparcar en zonas residenciales para que los cabezahuecas de las fiestas puedan campar a sus anchas montando chiringuitos delante de las ventanas de quienes quieren dormir o, estando despiertos, preferirían oir el sonido de su propio televisor.
El tema del ruido se enmarca en un frente más amplio que es el del respeto. Iba a decir que la sociedad española no estuvo el día que explicaron lo que es el respeto, pero creo que es más acertado decir que nunca se explicó esa lección en España. Porque sólo en base al respeto cabría esperar no ya que se acabara la cultura del ruido, sino la concepción de la política como medio de chupar del bote, la ineficiencia de la administración, la educación como campo de adoctrinamiento, o la cultura como cauce del amiguismo, por poner unos ejemplos.
Nos encontramos en puertas del verano y de que proliferen las fiestas del ruido. A Las Mercedes ya han llegado. Hubo quien dijo que la inteligencia busca el silencio. Eso no excluye que los que no seamos tan inteligentes tambien lo busquemos. Pero si implica que el barullo es poco compatible con la inteligencia.
Me dirán que si tan poco me gusta la sociedad en que vivo, me busque otra que no me parezca tan tercermundista. Yo les contesto: en ello estoy.

 





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