Por favor no me lea. ULISES 2011 ¡ÁNDATE CON OJO! . Carlos J. Álvarez








 
Por favor,no me lea
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ULISES 2011 ¡ÁNDATE CON OJO! 
 
 

      Cuenta La Odisea de Homero, que la astucia de Ulises le salvó a él y a sus compañeros de las fauces de Polifemo, el cíclope de un solo ojo. El mismo que usó en Troya un caballo con forma de engaño para conquistar una ciudad inolvidable, recurría ahora a la ceguera para esquivar al monstruo.  

      Querido lector, no ando perdido en las páginas de la literatura. Muy al contrario, digo esto porque nos topamos día y noche con el cíclope y nadie se atreve a cegarlo. Mientras no de la cara,  no sabremos la estrategia a usar.  
 

     Todo nuestro mundo es materia para ser mirada. Vivimos en el intestino de un icono grande como el mundo. Nuestros edificios lucen cascadas de color: lámparas, neones, letreros, carteles; hay cine, literatura y hasta arte visual… somos bolo alimenticio para el ojo. Respiramos en ropas icónicas. Nos seducimos con frases multicolores. Soñamos inmersos en un carnaval de luz que se perpetúa con nuevos colores y sus mil matices siempre nuevos. Nuestra ciudad es una selva donde cataratas de colores vomitan ríos de asfalto. Y todo esto es por y para el ojo. Aburridos de adorar a dioses completos o zoomórficos, idolatramos uno de sus atributos. Confiados a un Dios tímido que sólo nos enseña una parte, olvidamos que no es un Dios prometeico: no sirve al hombre; muy al contrario, es un Dios como Dios manda: está para servirle a él.  Por eso la cascada de imágenes a las que nos entregamos con devoción e idolatría, no está para que tú la observes, sino para qué tú seas observado junto a ellas: la televisión, el PC, el móvil, la WebCam, las miles de cámaras de la calle, las cientos de cámaras de los recintos privados, el GPS, los satélites, el ojo del Gran Hermano, los múltiples programas de telerrealidad, el ojo de la pirámide truncada en el billete de un dólar americano, el ojo de la logia de los illuminati… el ojo de Horus que en el antiguo Egipto representaba al OJO QUE TODO LO VE. Similar a una Gorgona, es un ojo con muchas retinas. Somos libres para elegir qué ojo nos vigila, para cuál trabajamos. El ojo del Sol que contemplaba el mundo, ahora es el ojo de la tierra, el satélite que observa. Un invernadero donde el ojo controle sólo la androsfera. Si al menos este dios representase al Sol, como lo representaba entonces, podríamos decir que era un ojo simbólico del conocimiento universal. Pero éste es un dios mermado, más vulgar, un dios cotilla dirigido a porteras. No se maravilla tanto con el movimiento de los planetas como con la ropa que llevas; desconoce por completo el comportamiento del Big Bang, pero persigue conocer tu comportamiento para compartimentarlo.  

     El catecismo de esta nueva creencia ya a impregnado al lenguaje con los hábitos de su dogma: “ver para creer”, “una imagen vale más que mil palabras”… El secreto de la moderna inmoralidad es de naturaleza ocular.   
 

     Entregados a este cíclope que nos entrega un universo multicolor, ¿Por qué  Ulises habría de destruirlo? ¿Por qué hemos de ser astutos y vencerlo? 

      Cuando la imagen domina, la bondad ha de verse, mostrarse impúdicamente. Así, a la belleza violada la dejemos sin misterio, sometida al único imperio de la visión. Esa modelo encantadora sólo es hermosa piel afuera. La conducta moral así, jamás es la que es, sino la que muestra. Parecer es más que ser. No es falacia ética; tan sólo una consecuencia natural del nuestros hábitos iconográficos. 

       Los ascetas no deploran el lujo y las comodidades per se; prefieren su ausencia con el fin de que no les distraiga del interior. Por el contrario, nosotros, llenamos nuestro vacío interior con un vacío exterior lleno de cosas: a mayor oscuridad interior, mayor luz exterior. En el Madrid de hoy, Santa Teresa de Jesús sería directora de empresa y San Juan de la Cruz un bróker del mercado de valores. Para dividir el mundo entre Dios y la nada, hay que nacer en las Ávilas del mundo, donde no hay colores sino dos paisajes, un cielo y un desierto sin retorno separados por un horizonte sin retorno. Las bujías de entonces alumbraban las calles con la moral del claroscuro; a día de hoy la bombilla ilumina nuestro mundo de oscuridad artificial.

     Pero Dios, de tanto adorarle, preguntarle, temerle e increparle, ha desaparecido. Aburrido de nuestra mortalidad, ha llevado su luz a la oscuridad, y nos ha dejado este mandato:

                     Buscad el ser en la invisibilidad.  

     Somos, en la medida que no estamos. Sin temor a equivocarnos mucho, podemos definir que la sustancia de la modernidad es la invisibilidad, de la misma manera que Ulises huyó de Polifemo volviéndose invisible a sus ojos, gritando que su nombre era NADIE para que los compañeros del monstruo no acudiesen en su ayuda al escuchar que quien le quería matar no era nadie.

     Este y no otro es el secreto de la invisibilidad a la que nos condena el mundo de la imagen:

         Que seamos nadie.

     Y al volvernos nadie en la invisibilidad,

         la cobardía se hace epidemia. 

  

     Nos asesinan sin vernos, y matamos sin conocer al enemigo. En la historia de la guerra, cambiamos la espada por la carabina, el rifle por el francotirador, el cañón por el misil, el cohete por la bomba atómica; y de esta última y máxima expresión de la visibilidad, pasamos a la máxima expresión de la invisibilidad y la cobardía que es la guerra bacteriológica, la muerte en forma de virus y bacterias.

     Pero no sólo sabemos matar. También hemos aprendido a amar invisiblemente.   

      En la historia del amor, pasamos de las damas con velo al duelo por las damas, del amor confeso al amor imposible, del amor libre al amor cautivo de Internet que nos hace confiados. Condenados a ver la belleza la física no vemos sino defectos. Aferrados a la juventud luminosa, nos tememos en granos, varices y canas. En los chats de Internet nadie se describe como es, no por mala fe o incapacidad de verse como es, sino como creemos que el otro espera que deberíamos ser. No mentimos. Tan sólo nos desconocemos volviéndonos invisibles en una descripción predecible. Nos tornamos masa, es decir, anónimos, por desconocimiento de nuestra invisibilidad. 

     La astronomía desvela el Big Bang pero no entiende la materia oscura que corresponde al 90% del universo. Tenemos telescopios y microscopios para la luz visible e invisible, pero la invisibilidad huye. No quiere ser descubierta. El problema de ser un ojo es que estás condenado a la oscuridad. Deseas tanto lo inalcanzable que lo alcanzable nos huye. Hablamos para no comunicarnos, te miro para no tener que conocerte, escuchamos para escucharnos, hablamos al vacío que nosotros ponemos en el otro.

     La televisión es el gran ojo que le ponemos al mundo para verlo sentados cómodamente. Internet es el ojo de una mosca que ve un mundo estereofónico.  El dinero se vuelve esquivo en los billetes y desaparece en las tarjetas de crédito. El guardián es una cámara. El confesor, un amigo en Internet. El hijo único es invisible de hermanos y a veces de padres. El padre se casa con un divorcio tras amar a una mujer invisible (imaginaria), y lo mismo para la mujer. Los países son cada vez menos visibles y las empresas tienden a desvanecerse en una metavirtualidad. El mundo entero es visible porque el ordenador del mundo pone switch on. El mundo virtual, nuestra transmutación a la invisibilidad, es el ser real, una antesala para la nada.

     El poder se basa en la invisibilidad. Lo que no interesa no se ve. Y los hilos que sostienen este purgatorio son invisibles y oscuros. Un mundo lleno de ojos divide al mundo en lo que se ve y lo que no se ve. Lo que no se ve, simplemente es el mal. Si no te veo, existes sólo para la invisibilidad. Y en este infierno aceptado vivimos sin asombro.   
 

     Ya no somos palabra, ni tampoco imagen. Ni siquiera somos, porque ahora sólo estamos. Estar o no estar, esa es la cuestión y la respuesta. Ser invisible o menos invisible, eso es todo. No será necesario suprimir el yo, como dirían los místicos. Seremos máquinas perfectas de autodesconocimiento. Sócrates hoy se pondría las botas; moriría de viejo. En consecuencia, nuestra moral la alimenta la cobardía

     Al contrario de los diversos catecismos que rigen el mundo, el valor se admira por igual sin distingo de cultura u época. El valor es el único precepto moral absoluto. No recordamos a los santos y a los héroes por su moralidad, sino por el valor que mostraron al defenderla. Entre los episodios inolvidables de Jesucristo, no está su mirada divina o su sonrisa consoladora; preferimos su entereza ante la cruz y el calvario al didáctico episodio de la prostituta. Es el milagro del valor, no el valor del milagro lo que valoramos en él. La firmeza en su defensa de los pobres o su firme posición ante Pilatos. En Séneca o en Sócrates, recordamos más su valor ante la muerte que su filosofía. Y estas elecciones son inconscientes, porque el valor es la cúspide de toda moral, el sol donde gravitan catecismos errantes y prescindibles.   

      No oremos a dioses que nos roban las mejores esencias. Aprendamos del inmortal Ulises y ceguemos a este monstruo vencible, o seremos devorados por él.