Por favor no me lea. LA DICTADURA DE LA LIBERTAD. Carlos J. Álvarez









 
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LA DICTADURA DE LA LIBERTAD   
 
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Carlos J. Álvarez

      Sí, amigos. El título no está equivocado. Mi amor a la libertad es tan grande, que no toleraré que nadie usurpe su nombre bajo otras consignas. 

      Dejando a un lado definiciones de la libertad más teóricas que útiles, todos nosotros, hombres de la calle que padecemos las arbitrariedades del día a día, debemos encontrar un lugar donde encontrarnos a gusto con ella y donde solazarnos con sus dones. La libertad no es un discurso sino una acción; no un propósito sino un no dejar de respirar en ella.

     Hay muchas definiciones para la libertad que ahora son prescindibles. Digamos que en mi opinión, la libertad es aquél lugar, personal e intransferible, desde el cual podamos vivir con la mayor independencia y la menor necesidad posible; un lugar donde sentirnos en sintonía con el mundo. Es un trabajo personal; quizá una búsqueda iniciática. Cada uno ha de hallar su espacio y no habrá dos personas para las cuales signifique lo mismo.

     Aún así y a pesar de las diferencias, sí compartimos algo: la búsqueda personal que nos lleve a su encuentro. Debemos hallar la definición y condiciones que nos convenga mejor a cada uno; una libertad a medida. La libertad no es un dogma; es un traje espiritual hecho con la seda de la voluntad hilada en el ágil entusiasmo.  
 

      Cuando cambiamos el régimen franquista por esta democracia como régimen, cuando cambiamos los votos de los devotos por el voto debutante, enseguida aplaudimos la rapidez de nuestro pacífico tránsito, el súbito cambio de un hábito de centurias. De la noche a la mañana nos creímos, con ingenua vanidad, que el cambio de régimen aportaría un cambio automático de actitudes y creencias.

     Muy al contrario, creo que esta ingenuidad vendida por viejos juristas y jóvenes entusiastas, nos ha traído el necesario desconcierto que aparece cuando el corazón corre más que la cabeza.  

      Cuando la fe entusiasma domina a un pueblo por encima del análisis del posibilidades, del sensato raciocinio, tan sólo podremos fracasar inmediatamente (como casi ocurre el 23 de febrero de 1981), o bien retrasar el fracaso (hecho determinado necesariamente porque hemos querido ofrecer una sociedad laica a una sociedad que tiene a la fe ciega como hábito heredado de su ancestral catolicismo).

     Dos expresiones pueden parecer opuestas en el contenido siendo idénticas en la intención. No dudemos que significa lo mismo cuando digo ¡Dios ha llegado a salvaros!, que decir ¡Viva la libertad! Las dos exclamaciones son igualmente falsas, igualmente trovadoras del dogma. Explicando nada intentan llenarlo todo. Suena este grito libertario, hueco como un señuelo que dé impunidad a los gobiernos que la ofrecen, o bien como bien caído del cielo de la democracia y que ha venido para salvarnos de la tiranía. Por Dios, o somos religiosos, o no lo somos, pero si el Estado se define laico, que sea consecuente, y no busque fieles sino ciudadanos libertarios.   

      Bajo la nueva ley mosaica de la Constitución de 1978, reducimos y cambiamos los 10 mandamientos por uno más manejable de 3 preceptos: libertad, igualdad, fraternidad. La trinidad masónica implantada como consigna en la Revolución francesa.

      Y todos, yo el primero, nos alegramos. Pero claro, en lugar de aplicarla con principios científicos, es decir, yendo del material (el pueblo y sus hábitos mentales y sociales) a la hipótesis, para luego pasar a la teoría y finalmente su praxis, lo hicimos de la única forma que conocíamos, esto es, dogmáticamente. Y cuando cae el todopoderoso dogma, ya todo nos es dado; bajo la palabra LIBERTAD, todo es posible. Ella tiene el don divino de salvarnos de todo y, bajo su dogmático imperio, ya nada malo acontecerá. Con sólo pronunciarla o invocarla en cánticos y esperanzas, ella descenderá como una diosa y se posará en nosotros repartiendo dones por doquier. Sin embargo, esta estrategia me parece tan eficaz como hablarle a un inquisidor de derechos humanos, o de feminismo a un faraón egipcio.  
 

      Cuando heredamos jurídicamente una libertad avalada por la Constitución de 1978, no heredamos la libertad. Heredamos tan solo su posibilidad. Pensemos que sólo podemos ejecutar aquello que conocemos; pero nuestra historia nos había entrenado, bien para la tiranía o bien para luchar contra ella, no para saber qué hacer una vez la tuviésemos.

      Considero esta conclusión de suma importancia. De igual manera a como no nos enseñaron en la escuela a amar ¾siendo el amor uno de los pilares de nuestra vida¾, tampoco se nos enseñó a cómo ser libre de verdad. Confiamos en que Papá-Estado ya se encargaría de ello, al igual que confiamos en Franco para que condujese con divina mano el Régimen. Como niños ingenuos confiamos en que unos políticos, tan ignorantes en la praxis de la libertad como nosotros, dirigieran el nuevo rumbo. Como niños ahora nos quejamos y sin saber el porqué, empezamos a pensar que tal vez no estén haciendo las cosas correctamente. Los niños confiados esperamos haber recibido una herencia indestructible por el hecho de ser de naturaleza divina y perfecta, y entonces nos sorprendemos desnudos y sin saber qué hacer, y refugiamos nuestro dolor e incertidumbre en la masa de la que nunca dejamos de formar parte. Por eso comprobamos que nuestra libertad no le interesa a nadie en particular; resulta que la libertad se concibió para la masa, no para el individuo.

      La libertad es un estado de conciencia que nos descubre la posibilidad de acercarnos al Todo; pero hemos acudir a nuestro raciocinio si queremos saber qué libertad quiero y hasta qué punto estaré dispuesto a sacrificarme por ella. Es una búsqueda diaria y una lucha por el respeto personal como individuo. La dificultad reside en que hay que tener mucho valor para ser un individuo. Sobre todo, querer serlo. Luchar por la libertad personal es más importante que luchar por la libertad en general.  
 

      El laicismo de una sociedad no lo es porque tenga un documento que lo acredite. Hay que ser científicamente

laico, es decir, poder demostrar que no heredamos características religiosas que nos hagan menguar nuestra empresa.  Y, para hacer esto, se empieza por estar atentos a los vestigios de la divinidad del Estado. Me explico.

      El dios de nuestra democracia actúa de la siguiente manera: Tú, ciudadano y súbdito, no tienes obligaciones conmigo; tan sólo derechos.  El problema está en que, si yo no existo como ciudadano, no existo en absoluto como individuo; es decir, soy masa anónima. Y como, en este caso, he nacido con una libertad que nunca me ha faltado, no lucharé por ella, porque considero que su herencia natural es la condición natural del hombre. Por eso, cuando nos quitan parcelas de libertad no nos molestamos demasiado; actuamos como el niño al que le han hecho tantos regalos como para no valorar ya el tener uno más o uno menos. Ignorante de las consecuencias de su decisión, será muy vulnerable cuando le sustraigan su libertad, ya que se descubrirá más débil que aquél que no la tuvo porque tuvo que luchar por ella.

      En la democracia nacemos pensando que nuestro padre es bueno per se, y que si comete fallos lo hace desde el presupuesto, a priori, que es el mejor padre del mundo (lo que pensamos de la democracia). La cosa es tan simple como ésta: porque estoy vestido de cazador y no de lobo, los ciudadanos caperucitas no se asustarán; aunque ya sabemos cómo acaba el cuento.

      Entramos en la democracia odiando a la dictadura. Es más, nos educamos en ello. Pero el problema de odiar las dictaduras viene cuando también condenamos sus sinónimos. Palabras como autodisciplina, voluntad, espíritu de sacrificio… resultan reaccionarias. Y tan sólo por oposición a ellas, las contrarias como el relajamiento y la molicie son esperadas y cultivadas. Sin embargo, retémonos a nosotros mismos intentando adivinar si del movimiento uniforme o de la entropía, alguien a lo largo de la historia consiguió algún bien perdurable para la Humanidad.

      Entonces, ¿qué podríamos aprender para ser más maduros a la hora de entender las posibilidades reales de esta ambrosía áurea? ¿Cuál es el secreto de su alquimia? 

      En muchas culturas antiguas y pueblos incivilizados de la actualidad, aún hay que pasar duras pruebas para ser ciudadano, pruebas que determinan, además, el paso de la edad infantil a la adulta. Roto el ceremonial que simbolizaba la unión de la madurez con la de la responsabilidad para con la sociedad a la que pertenecía, hemos perdido así el concepto de ciudadanía conquistada, volviéndonos masa anónima en lugar de individuos, niños dependientes en lugar de adultos responsables. Por eso, el Estado habla de Libertad en general, pero no atenderá nunca tus particulares exigencias de libertad. El pack es estándar e igual: se ofrece al por mayor y como un producto de fabricación en serie.

     El problema aparece cuando vemos que la libertad no es una entelequia abstracta a la que rendirle ciego culto. Muy al contrario, debemos ser científicos con ella; no es un dogma de la nueva ciencia moral. Quiero decir que, si fuésemos una sociedad moderna, es decir, postrenacentista y científica, estudiaríamos las condiciones iniciales para esa libertad con el fin de atisbar su viabilidad desde una perspectiva sensata; y, consecuentemente, tener la cabeza para distinguir sus límites y aceptarlos mientras no estemos preparados para más. No debemos actuar por convencimiento racional ni por fe entusiasta, sino con ambas a la vez.   
 
 

*EL ESPÍRITU GUERRERO 

      España se construyó con la Reconquista. La Conquista de América no fue sino el impulso final de esa fuerza, si hacemos caso al gran Leopoldo Lugones. Fuimos aldeanos populares guiados a veces por la espontaneidad y otras por aldeanos aristócratas. Pero esta singularidad contrajo una unidad territorial que nació del entusiasmo feroz por un propósito común.

     Decía Spengler que en la modernidad, el espíritu guerrero pasó a ser el espíritu industrial; pero claro, él era alemán y a ellos y al resto del Norte del mundo es a quien se refería. Nosotros, menos de industria que industriosos en nuestro espíritu medieval, guerreros y aldeanos, hemos consumido al guerrero para consumarnos en modernos aldeanos.

     Ortega decía que, en cuanto uno baja de los Pirineos, da la sensación de entrar en un pueblo de labriegos. El hombre de la ciudad moderna española no es un labriego, pero actúa con espíritu de aldea. Incapacitados como estamos para seguir a los mejores, como diría Ortega, al menos creo que deberíamos mantener el espíritu guerrero que no sabe someterse mas que por convencimiento de la superioridad del otro, el cual no es el caso. Flagelarse uno en el sentido de no venderse a falsos profetas y salvadores de turno; disfrutar los éxitos pero esperar los fracasos como un camino hacia la entereza, hacia el carácter con el que se fraguaron los héroes de leyenda. Hay que ser un cruzado contra sí mismo: el Jerusalén interior. Lo demás es entregarse con esperanza a la desesperanza; cultivarla en nuestra contra.

     Este estado de pugilato activo hacia la liberación, pulula en el lado opuesto del discurso paternal con el que se dirige a sus hijos Papá-Estado. El Estado es un padre pervertido, que nos olvida cuando nacemos y luego corre a atendernos cuando ya no le necesitamos. Aquéllos que deseamos ser personas maduras, no podemos tolerar su discurso paternalista. El Estado se dirige siempre a nosotros dándonos la razón y trabajando a escondidas de nosotros, como padres que tienen hijos demasiado pequeños o demasiado irresponsables. Perdón, pero el Estado no es mi padre. El único deber del Estado es servirnos a nosotros. Y si  por convencimiento tuviésemos que creer en sus atribuciones divinas, que así sea, pero siempre como un Dios bajo la punta de nuestros zapatos. Se dirige siempre a nosotros como a niños imbéciles, desde el momento que siempre nos hace la pelota y jamás habla de nuestros errores. Perdón, no soy un niño. Acepto mi responsabilidad como masa, pero no me la pidas como individuo porque jamás me trataste como tal. Podemos decir que la democracia tiene en común con las dictaduras que ambas se dirigen a la masa, jamás a los individuos. Y no olvidemos que una sociedad sólo es sociedad cuando es conjunto de individuos, no masa informe y predecible. Cuando una democracia lo es de masas y no de individuos, no es más que fascismo oculto, paternal y perverso. Todos ya tuvimos un padre. No dejemos que lo sea ni el director de nuestra empresa ni el Estado.

      Tan paternal como la dictadura es el Estado en democracia. El Estado es un Pepe (Pater Putativus), un padre supuesto, una puta a la que yo le pago para que trabaje para mí. Como la diosa Palas Atenea nació armada de la cabeza de Zeus, el Estado también es una puta armada. Puta porque nosotros le pagamos para que nos sirva. Nada más. Pero armada porque necesita de la amenaza para que haya un orden. Aceptamos este mal menor porque aún no somos capaces de gobernarnos a nosotros mismos. Pero nosotros somos los dueños, los amos del Sistema. El Sistema nos dice que demos gracias por la supervivencia que nos ofrecen tanto las empresas como el Estado, pero lo cierto es que sin nosotros los amos/esclavos, nada sería posible. No apelo a una conciencia de clase; apelo a la conciencia del yo individual como fuente de todo aquello que a día de hoy considero superior.  
 
 

*CONCLUSIÓN 

      Si hay algo que me gustaría dejar claro en este artículo es que sólo poseemos lo que cada uno, como individuo, se empeña en conquistar para sí mismo. Todo lo demás es dogma o preceptos vacíos; intolerables para nuestra dignidad y para nuestra inteligencia. Más vale pelear en el vacío y fracasar, que aceptar una nada vacía como real (un estado de estupidez hipnótica). Los diez mandamientos han pasado a ser los tres preceptos de la divina democracia, la cual se nos ofrece como la bendición final, la mejor de las posibilidades.

     La mejor posibilidad, amigos míos, es como la obra de un creador: aún está por venir.  

     Debemos ahondar en las libertades que necesitamos y en las que no necesitamos, pero siempre desde dentro hacia fuera, como dicen los místicos; aunque la diferencia esta vez radica en que yo apelo a que se haga, no tanto para ver o descubrir a Dios, como para alcanzar un laicismo real, menudeando con el alterne de tiranías y libertades, según necesidad. La búsqueda del artista hacia su liberación a través de la creación necesita de miles de horas de látigo (parafraseando a Truman Capote) y de formación personal. El atleta conquista la libertad en la gloria personal tras mares de sudor y sucesivas victorias sobre la persistente decepción. El investigador que descubre la vacuna no está inspirado por Dios, sino por una obstinación irredenta.  
 

     En definitiva, si no actuamos como individuos que nos merecemos la libertad, será porque esperamos la tiranía.

     Hemos de utilizar lo mejor de la ciencia, es decir, la parte que juega a nuestro favor y no a favor del control. El mundo feliz donde todos somos sometidos a una dictadura es terrible, pero sí podemos utilizar los descubrimientos científicos para ayudarnos de forma seria, adulta y responsable. Por ejemplo, nos guste o no, está demostrado que más del 80% de los humanos necesitan que otro les diga lo que tienen que hacer. También que, bajo ciertas circunstancias, nosotros castigaremos con cruentos dolores a alguien si el que nos lo exige demuestra tener suficiente autoridad.

     Abundemos en comprender a nuestra credulidad para que no nos traicione. Entendamos la inercia mental que nos hace creer que si otro piensa por nosotros es mejor; la aprobación del grupo como bienestar personal.

     Si no profundizamos en cosas como esta, jamás seremos más que ovejas o monos amaestrados diciendo que sí a todo a cambio de un apetitoso plátano.