Por favor no me lea. El PROTOCOLO DE KIOTO SE METE A FUMAR EN LOS BARES . Carlos J. Álvarez









 
Por favor,no me lea
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El PROTOCOLO DE KIOTO
SE METE A FUMAR EN LOS BARES
 
 

 

 
 

     Don Rodrigo Díaz, hombre entrañable y ciudadano ejemplar, fiel a las doctas enseñanzas de nuestro gobierno, se plantó en la oficina de denuncias de la comisaría con porte heroico. Resoplando indignación y esperando que el resto de la sala de denunciantes le aplaudiese, sacó unos folios de la chaqueta y los tiró encima de una mesa:

     “Buenos días, señor agente. ¿Le parece bien?”

     El agente de policía manojeó tres páginas donde constaba una lista interminable de matrículas de coches junto a una lista de nombres apenas inteligibles.

     “Como verá ¾apresuró Rodrigo¾ me he tomado la molestia de apuntar los nombres de los dueños… ¡Ni se imagina el tiempo que me ha llevado!”

     Y es que el policía aún no había entendido que Rodrigo Díaz, hombre entrañable y ciudadano ejemplar, seguro de que la causa de la prohibición de fumar se debía al exceso de humo, había decidido acusar a todos los coches que había en su barrio..

     “…  No sólo a ellos, señor cronista ¾interrumpe Rodrigo (menos mal que cuando se dirige a mí, sólo yo puedo oírle)¾ tengo pensado continuar mi labor purificadora por toda la ciudad. Pienso hacer inventario de todos los coches de la ciudad que me convierten en tragador de humos gasopasivo…”.

     Me parece bien, Don Rodrigo, pero deje de dirigirse a mí o no terminaremos; además, los lectores creerán que su historia no es real, así que, prosigamos. Gracias.

     El agente, entonces, limitándose a los gestos propios del protocolo pero bufando para sí, le dio a entender a Don Rodrigo que la matrícula del agente estaba en la tercera línea. “Lo siento, señor agente, pero es que, claro, como estamos en el mismo barrio, yo creí mi deber, que usted entendería...”

     Así, pensando que Rodrigo desistiría, le dio un fajo de inscripciones de denuncias para rellenar con todo tipo de datos, y le instó a que lo trajese a primera hora del día siguiente.  

Y al día siguiente, diez minutos antes de la primera hora, Rodrigo apareció junto a un cigarrillo que humeaba en la boca. El agente le recriminó enseguida pero él le contestó: “Discúlpeme, señor agente, pensé que usted comprendería que, dado que tenemos ahora un verdadero problema con los coches, usted ni siquiera repararía en el tabaco”.

      A lo que el agente contestó con explícita formalidad:

“Señor… Rodrigo. Aténgase a lo que está haciendo. Denuncie si así lo cree necesario. Pero, no deje de atenerse a la Ley”.

Entonces, Rodrigo, exaltado al oír una palabra tan familiar para su sentido de la justicia y, no queriendo ser menos correcto que ese guardián de la Ley, dijo:

“Tiene razón. Discúlpeme, señor agente. Pero yo creo que nuestro gobierno hace bien… ¡qué digo bien!… ¡más que bien! Es una medida que debió haberse hecho hace tiempo. Discúlpeme si parezco… descontrolado. Pero ha de entender que es por efecto del mono… creo que se dice así. Yo era un fumador, y, adelantándome a la norma que veía venir, empecé a dejar de fumar y convencí a mis amigos para que hicieran lo mismo. Como usted habrá notado, llevo el nombre de El Cid. Y, aunque no tengo espada, sí tengo elocuencia (creo que se dice así), por lo que todos, conocidos y desconocidos, me apoyaron. Sin ir más lejos, uno de ellos, que es agente como usted, está harto de tragar humo dirigiendo el tráfico, y sabe, porque yo se lo he dicho, que pronto todo cambiará gracias a nuestro gobierno. También vendrá mañana mi amigo Minos, que tiene un cáncer avanzado porque ha trabajado en una Mina más de cuarenta años. Además, es un cáncer de pulmón, como el que produce el tabaco… ¿a que es buena idea?”

     El agente escuchaba absorto, haciendo evidente la inutilidad de cualquier gesto. Gesto que a su vez tomó Rodrigo como unos puntos suspensivos que le alentaban a proseguir:

     “…  No se preocupe en absoluto, yo y mis amigos nos presentaremos mañana aquí y le entregaremos la lista que cada uno tiene confeccionada con todos los posibles causantes de nuestro males, hecho que le convertirá en el héroe del barrio. Más aún. He pensado que juntos incluso podemos presentar informes de que el mundo está siendo cancerizado por todas las industrias que  polucionan el planeta. ¿Se lo imagina? ¡Será el triunfo de nuestro gobierno sobre el planeta? ¿Se imagina la cara de orgullo que pondrá nuestro presidente?”.

     La cara de terror del agente se disparó dejando atrás sus brillantes insignias, e inflando con un ¿qué he hecho yo para merecer esto? toda la sala. Se deshizo en una ausencia tal, que hipnóticamente sacó una cerilla y un cigarrillo y empezó a chupar el humo tras quemarse la nariz dos veces. Rodrigo, aprovechando la oportunidad que le daba la Ley al escucharle, echó mano a su ingenio natural mientras el agente permanecía como un chamán en trance, y voceó a la sala llena de denunciadores:

     “¡Vean, queridos amigos, los males que produce el tabaco! ¡El tabaco hace que nuestra policía acabe loca, que pierda el control! ¡Decididamente, los culpables de todo esto son los bares, que seguro que son todos de derechas! ¿Quién va a tener un bar si no es de derechas? ¡A por ellos!”

      Así  que, Rodrigo Díaz, hombre entrañable, ciudadano ejemplar y por primera vez ardiendo dentro de una facción política, se convenció de que el fascismo es una fuerza invisible que se cuela en los corazones por los sitios más inesperados. Así que, agarrando esa conclusión y metiéndola a presión en su cabeza, decidió cocerla antes de cocinarla. Primero la pensó por si conocía a alguien así. Como no pudo, intentó prensar la conclusión. Aún sin resultado pero sin desanimarse, la repensó, luego la re-pensó y también repen-só; incluso terminó represándola.

     El resultado de tan épica presión fue que, cuando relajó la hoya de su cabeza, la flojera le trajo un palpitante dolor de cabeza junto a este peregrino recuerdo: un día, su amigo Rubén, que llevaba un bar, le dio un bofetón a un inspector que le hostigaba a causa de unos impagos. En consecuencia, Rodrigo, empezó a sacar conclusiones brillantes: imaginó a todo los dueños de bares pegando a sus clientes, recriminando a sus esclavos subcontratados, y vomitando borracheras mientras le tocaba el culo a las niñas.

     De todo ello, sacó un conclusión que contó a los denunciadores y que aplaudieron con gusto: todos los dueños de los bares son fascistas, pedófilos, y disfrutan creando cánceres. Los denunciadores se calentaron y empezaron a visualizar, con hispana clarividencia, los innumerables casos donde un barman fue hostil, como por ejemplo, la vez que les contestó mal, cuando les había tirado el café o cuando de un sitio para otro corrían sin atender debidamente a los clientes.  

     La indignación calentaba la sala, y empezó a formar en el aire una imagen siniestra que iba tomando la forma de algo parecido a un feto. Mientras crecía sin parar, el feto tomaba consistencia y, saliendo de la sala y sin parar de crecer, extendía sus extremidades, con su cabecita/zota saliendo de la comisaría, con un cuerpo ya de niño empujando los edificios, y mientras tomaba posesión de todo el espacio, del niño se pasaba al cuerpo de un hombretón con mandil, voceando ¡oído cocina!, con dos bandejas en las manos llenas de cigarros encendidos, y sudando humo de tabaco por cada uno de sus esfínteres para añadirse luego cada uno de los poros de su piel, mientras se le iba perfilando el gesto tiránico del rostro del Generalísimo Franco. La gente, viendo que un nuevo golpe de estado se le venía encima, se echó a las calles y entrando en los bares en tropel, sacaron a los bármanes que encontraron, y sometiéndolos a ejercicios menos vengativos que justos, como el de meterles sus bocas en los tubos de escape… desde luego fue de lo más divertido. Hubo redadas, detenciones y defunciones, pero todo acabó como había empezado.  

      Contra todo pronóstico, el presidente dimitió. Y se pensó seriamente en detenerlo, no por las revueltas que habían sido previstas como por falta de imaginación, ya que a ninguno de los señores diputados se le ocurrió ninguna opción mejor para tener al pueblo felizmente cabreado. Fue una desilusión para el gobierno, pero también para el pueblo que se había quedado sin vecino al que odiar.

      Fue algo decepcionante. Todos tenían ganas de golpear a alguien, pero se habían quedado sin motivos. Y como las ganas de golpear eran mayores que la imaginación, se fueron a sus casas cabizbajos, esperando que la parienta/e dijese la menor cosa para así empezar a ver Francos volando por los aires.