Por favor no me lea. EL CID entra en la NUEVA ERA . Carlos J. Álvarez









 
Por favor,no me lea
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EL CID entra en la NUEVA ERA 
 
 
 

     ¾Le ruego a usted que se limite a su labor de cronista ¾me insiste Don Rodrigo Díaz apuntándome con un bocadillo mordisqueado¾ y no sea cotilla.

      No obstante, y ahora que con el bocadillo en la boca no me oye, debo aclararles algunas cosas para que entiendan mejor a nuestro héroe.

     Su excentricidad y sutileza tiene una explicación. Nació en una isla que le otorgó cualidades opuestas: una determinación volcánica solía pelearse con su deseo de anonimato, abrumándole cualquier cosa que fuese más grande que su aldea, a no ser que fuera el mar. Es importante para entender su grandeza que él no la quiso para sí; fue el destino quien le rebeló su misión a través de ese nombre. Y él, a su pesar a veces, lo sabía. Si no, ¿cómo explicar los extraños hechos de su vida? ¿Es el azar o la providencia? Por ejemplo: pasó cientos de horas jugando de niño como portero de fútbol, y treinta años después, a más de 2.000 kilómetros, acabó trabajando de portero en un edificio. Estos hechos misteriosos y en apariencia inconexos, le hicieron cavilar durante meses antes de llegar a la definitiva conclusión de que no tenía un nombre elegido al azar, sino que, por el contrario, le estaba exigiendo una misión para con sus contemporáneos.

     Y tan consciente era de ello, que no olvidaba nunca agradecer a la patrona de Madrid por acogerle en su Villa y Corte.   
 
 

     Don Rodrigo Díaz, aprovechando que era el día de la Virgen de la Almudena, se dispuso a honrarla con lo mejor de sus pensamientos medievales. Con pose altiva y alma inclinada, contaba las bolitas de su rosario mientras rogaba a la Virgen para que la Providencia guiase a nuestro gobierno. Este hecho no tendría mayor importancia, si no fuera porque estaba dentro de un vagón de Metro lleno de “peregrinos”. Estos peregrinos se apretaban, empujaban, compartían sudores y ocasionales gestos de profundo asco. También a ratos se obviaban, de pie, de espaldas, sentados e inclinados hacia los zapatos. Don Rodrigo se acordaba cuando en el pueblo ayudaba a su madre a matar el gorrino y a hacer vísceras con él. Del cerdo, todo se comía, y tragó saliva al imaginar a los vagones unidos como una ristra de morcillas.  

     Acostumbrado a los espacios abiertos, le cayó encima el recuerdo de la última matanza en el pueblo cuando se mareó al ver tantas vísceras rojas y estuvo durmiendo al aire libre porque no soportaba el espacio cerrado. Pero no fue necesario huir; la puerta del vagón se abrió como una boca gigante y vomitó una jauría de seres que salieron a la superficie entre empujones. Don Rodrigo se maravilló de aquella conclusión: la naturaleza había previsto que la mejor manera de salir del infierno no era tanto codo con codo, como entre codazos, como cuando las abejas que cultivaba su madre se apelotonaban y empujaban antes de salir a por la miel.

     Así, ayudado por su extraordinario sentido de la desorientación, salió  a la calle sin saber dónde estaba. Temeroso de preguntar, siguió  andando, hacia donde la gente le llevase. Las abejas se dispersaron y Don Rodrigo se acordaba de las veces que solían correr huyendo de las abejas a las que solía incordiar. Pero ahora no era tan excitante. Él quería ir a ver a la Virgen de la Almudena y honrarla. Y no se le honra con ruidos ni zumbidos ni prisas, sino con solemne respeto y veneración, como la que le ofrecía la calle de Alcalá que se le abría por delante. 

     Don Rodrigo Díaz andaba, imaginando que todos avanzaban como rebotando entre aquéllas murallas impenetrables, y entreteniéndose en imaginar a su añorada Virgen que la esperaba y que le retaba a imaginar en qué parte de aquél lugar impresionante se les había aparecido a los madrileños. Lo cierto es que la Virgen acostumbraba a presentarse en espacios abiertos, en lo alto de los árboles o en cuevas junto al  mar azul, pero desconocía que soliese hacerlo sobre murallas de piedra que se elevaban hacia arriba; y menos aún que en las azoteas hubiera mujeres semidesnudas y armadas con lanzas, o con imágenes en sus paredes que parecían amuletos del diablo.

     Entonces, buscando una solución, se coló en la que se parecía más a la catedral a la Almudena, una basílica llamada Banco  Santander-Hispano, y se paró al entrar con su boca abierta, mirando aquél estómago de Dios, y apretó sus sesos imaginando dónde sería el mejor sitio para una aparición. No debía ser donde los creyentes se confesaban a los oficiantes en las ventanillas, pero tampoco en esos habitáculos discretos donde la gente ofrecía todo lo que tenía a Dios, como casas o parientes, a cambio de una serie de conjuros que con las manos el oficiante hacía a una máquina, y que conseguía que los creyentes saliesen con el respeto y la inquietud que se ha de tener al visitar la casa de Dios. 

     ¾Disculpe, buen hombre ¾le dijo a un bedel recoquín que había en la puerta¾ verá… ¿sabe usted si aquí ha ocurrido alguna vez algo… divino?... quiero decir… ¿nuestra Virgen de la Almudena, por ejemplo, se ha aparecido en algún sitio como este?

       El bedel puso una cara tan incomprensible, que excedería los límites de esta crónica la descripción de los cien matices contradictorios e inexplicables que expresó su rostro. Tan sólo diré que Don Rodrigo salió de allí lanzando imprecaciones y maldiciones a ese demonio descarado que se atrevía a vigilar un sitio tan sagrado.

      Se dirigió a la Virgen, y le rogó que perdonase al descarriado porque no sabía lo que decía. Era un pagano infiel e ignorante de los misterios divinos, y pensó en enviar una carta al arzobispo que se encargaba de aquel Banco, protestando por un trato que no ayudaría en nada a los fieles que quisiesen ingresar en aquella catedral.

      De todas formas, Don Rodrigo, lanzado a las abejas de la calle, miró  hacia la azotea de la catedral e intentó entender si podían decirle algo las imágenes incomprensibles que parecían vigilar esas murallas. Héroe humilde pero consciente de sus ilimitaciones, buscó entre las imágenes cuál era la principal. Le recordó la entrada de la Catedral de Santiago, y la fascinación que le produjo no entender ninguna de las imágenes que rodeaban al Cristo. Bueno, algo más entendió: los leones que rugían con la misma cara diabólica de aquel bedel.

      Don Rodrigo, hombre creyente pero respetuoso y comprensivo con lo desconocido, entendió que tal vez el hombrecillo actuó poseído por ese león que presidía la basílica, por lo que intentó disculparle, pensando que el día de la Virgen de la Almudena no era un día para odiar sino para perdonar.   
 

      Don Rodrigo Díaz, zarandeado por las abejas zumbadoras y apretado entre muros vertiginosos que no le dejaban respirar,  olvidaba el incidente con un bocata de chorizo que se compró, y dejándose envidiar por los guardias que vigilaban como leones las colmenas amuralladas calle abajo.  

      Así, buscando sin encontrar a nadie con el que pararse y preguntar la dirección de la Virgen, dio con un lugar al que se accedía tras aquella pendiente de muros impenetrables. Cientos de coches giraban alrededor, zumbantes, en una plaza donde corría el agua ante una figura femenina de piedra.

     ¾Las abejas obreras y los zánganos sirven a su reina trayendo la miel para el panal. Ella ordena y ellos obedecen ¾recordando  las palabras de su madre, gustosa de saber los bizcochos de miel que le hacía a su hijo.

 

      Don Rodrigo se detuvo ante la imagen de piedra, que permanecía indiferente a las abejas que giraban en torno a ella. La figura parecía recibirlos al venir por la calle Alcalá, mostrándose indiferentes a los demás, y todos giraban alrededor como los fieles rodeaban el altar de la Virgen de su pueblo.

      Don Rodrigo Díaz, sorprendido por aquélla visión tan distinta y tan parecida a su vez con su Virgen de la Almudena, se sentó a estrujarse la cabeza. ¿Por qué todos los coches giraban en torno a ella? Le molestó su aspecto descarado, sentada como una reina más que como una diosa, con un chorro de agua brotando en el lugar que debería estar un niño Jesús. Pero le gustó que tuviese una muralla en la cabeza que miraba provocadora a la calle de Alcalá. Parecía que le había caído encima de alguna de aquellos muros. La estatua la presidían dos leones que parecían escapados de la azotea del Banco, y que molestaron a nuestro héroe especialmente porque parecían obstinados en perseguirle. Miraban a ambos lados, como protectores de ella, manteniendo a los coches a distancia. 

     Junto a él, un tipo se dirigía a un grupo de admiradores de la estatua. Se parecía a uno de esos guías de las Iglesias que hablan en bajo a los visitantes, contando la historia del edificio, solo que este pagano levantaba la voz de una forma blasfema e irrespetuosa: 

     ¾La diosa Cibeles proviene de Frigia. De Oriente Medio. Donde los turcos ¾decía buscando un chiste¾. La diosa representa a la naturaleza y a la fecundidad.

      A Don Rodrigo le entró un diabólico estremecimiento y se sintió  mal al pensar que una diosa fuera como una abeja reina paridora. Pero, conocido y respetado en su pueblo por ser respetuoso con lo desconocido, esperó para ver si el guía le aclaraba que esta diosa tuviese que ver con alguna versión moderna de la Virgen. Así que puso su cerebro a trabajar, la mitad mostrándole interés al guía (que ya le había visto entrometerse en el grupo) y la otra mitad en entender ¡qué demonios hacía eso en medio de un reino cristiano!, dejada ahí, en medio de la gente, con postura arrogante y sin niño Jesús. Aún pensando en la manera de interrumpir y preguntar por el sitio más rápido para llegar a la Catedral de la Almudena, Don Rodrigo escuchó algo tranquilizador. El guía aseguró que los leones arrogantes, esos tan parecidos a los mismos que presidían los Bancos, fueron unos amantes que un tal Zeus castigó por blasfemos, y que luego recogió para sí esta diosa Cibeles, que pasó a ser la diosa de los leones y de las abejas.

      Así, intentando unir el embrollo de divinidades que convivían en la Villa y Corte de Madrid, Don Rodrigo retomó su marcha, entre leones y abejas peleando dentro de su cabeza, viendo de qué manera podría explicarle esto a su Virgen de la Almudena, y si el gobierno sabría algo de todo esto.