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Polvo de Arizona
 





 

 
Fran Campos

Afortunadamente en estas afortunadas islas parece que sorprendentemente siguen recalando determinados grupos nacionales que a pesar de no estar en el circuito oficial y sobado de las megaestrellas se están labrando un nombre en el panorama pop nacional. El caso de Arizona Baby es digno de especial mención. Con el segundo disco que los ha encumbrado, “Second to none”, y con un estilo musical escasamente frecuentado en nuestro territorio, se han convertido en un auténtico fenómeno del subsuelo musical hispano de última generación.

Trío acústico embebido y poseído por los espíritus difusos de los pantanos de Louisiana y como recién salidos de una larga travesía a lo largo cualquiera de los innumerables y polvorientos desiertos norteamericanos, los (sin embargo) españolitos de Valladolid impostan su visión postmoderna de una congregación  perversa cuyas deidades son las grandes figuras arcaicas del country y el rock. Y lo logran plenamente. Por ejercer de crítico musical respetable y resabiado, no me queda más remedio de presumir de conocedor, y hacer uso formal, de una de las tantas estériles etiquetas musicales: Arizona Baby practican lo que se ha venido a denominar alt-country.

Como escuderos, los cabezas de cartel se buscaron a unos escasos en número pero no en entrega paisanos Twin Pigs, que encajaron como un guante en lo que ofrecerían a continuación sus anfitriones sobre las tablas.

Arrastrando consigo el calor asfixiante que asolaba Tenerife el 28 de Agosto, y ejerciendo de un cruce bastardo de misioneros en tierra hostil y médicos ambulantes que ofrecen sus falsos remedios musicales, el triunvirato de barbudos invocó con sus rudimentos instrumentales la raíz de la música popular americana. Nada menos. En el aire flotaban (además de sudor) los fantasmas del Cash primigenio (del que se apunto un fragmento del “Folsom prison blues”), de los viejos bluesmen que malvivieron a principios de siglo y de  los roqueros pioneros que fueron devorados por la maquinaria industrial. Allí no hubo cabida para la hueca estandarización ni el “refinamiento” posterior.

El vocalista, con ademanes de predicador borrachuzo salido de cualquier decadente spaghetti western, se batió en duelo con las rebeldes cuerdas de su guitarra, que se resistían a permanecer tensas en el instrumento y saltaban victimas del rasgueo continuo y el ambiente infernal de la sala, el Honky Tonk Express, convertida (muy apropiadamente en esta ocasión) en minúsculo saloon atestado y húmedo. Los clientes, por supuesto, entregados y abrazando sin condiciones la fe de sus mayores.