HAY VIDA EN OTROS MUNDOS (Apología del Respeto, 2ª entrega). Erik Stengler



 


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HAY VIDA EN OTROS MUNDOS
(Apología del Respeto, 2ª entrega)



Me encuentro sentado en un avión y acaba de tomar forma una sensación que me ronda ya desde hace tiempo. Es una sensación de “el mundo al revés” y que justo ahora he encontrado el modo de expresar en palabras. Antes de ello, como introducción, compartiré con vds. una nota autobiográfica, que me permitirá explicarme.
Cuando acabé mis estudios en Alemania hace ya unos años abandoné el país con mucha rabia, contenida y no contenida, y con la seguridad de que jamás volvería a vivir en ese país, ni aunque me pagaran. Hoy lo expresaría diciendo que ni aunque me ofrecieran un trabajo allí. Y eso que unos años antes llegué allí tras crecer en España, con mucha admiración y mucha ilusión por poder vivir en lo que consideraba mi “otro” país (mi madre es alemana). Hoy diría que con muchas ganas de integrarme en aquella sociedad. ¿Por qué fracasé tan estrepitosamente? En aquel momento, cuando me iba hacia otro país más, Inglaterra, yo lo atribuía a que la sociedad alemana se había convertido en esclava de la organización hasta el punto de anteponer la sociedad al individuo, llegando a situaciones que percibí, con toda la intensidad posible, como inhumanas.
Pondré un ejemplo, quizás el más extremo de los que viví, aunque como no fue en carne propia, probablemente no es el que más me molestó. Un amigo español que vino a pasar una temporada tuvo un grave accidente de tráfico y estaba internado en el hospital. Vino a estar a su lado desde España su mujer, y me encargué de acompañarla como traductor y apoyo moral durante su estancia. Un día me pidió que le dijera qué ponía en una carta que habían recibido del ayuntamiento. La carta decía lo siguiente: como en el accidente estaba involucrado el vehículo de mi amigo, y ésta acabó atravesando la mediana de una avenida destrozando el seto que hacía de separador, le pedían el nº de su póliza de seguro para exigirle el pago de los costes de reparación del daño. Quedé indignado con la misiva, ya que estando el accidentado debatiéndose entre la vida y la muerte en el hospital, me parecía completamente fuera de lugar ocuparse ahora del seto y de quién paga el arreglo.
Por incidentes como este acabé harto de un país que me parecía haber sacrificado al individuo en aras del “funcionamiento” de la sociedad como una maquinaria bien organizada que pasaba por encima de las personas. Decía yo entonces que el funcionamiento de la sociedad debía estar al servicio de las personas y no al revés, que es a lo que se había llegado. Decía yo.
 Ahora estoy sentado en un avión, como decía, en un avión alemán, lleno de alemanes que vuelven a su país tras unas vacaciones. Y ¿saben qué? Se respira esa alegría de vivir y ese sosiego que yo echaba de menos de España cuando estaba hasta las narices de Alemania, y que sin embargo hoy en día no encuentro en nuestro país. El mundo al revés. Y me he preguntado qué puede estar ocurriendo para que se esté dando esta situación. ¿Han cambiado las sociedades de los países? ¿He cambiado yo? ¿Era falsa mi percepción?
Me fijo en las azafatas, y resulta que están haciendo su trabajo con una alegría, una simpatía y un desparpajo abosluta y totalmente genuinos. Recuerden el último viaje en un avión español que hayan hecho ¿les resulta difícil recordar algún episodio tenso entre un auxiliar de vuelo y un pasajero, alguna discusión, alguna queja subida de tono? A mí lo que me resulta difícil es recordar un vuelo en un avión español en el que no haya ocurrido eso. La amabilidad de quienes en España  atienden al público, especialmente al turísitico es –salvo en muchas excpeciones, claro— una pose detrás de la cual se esconde, a veces mal escondido, un mal humor, un desprecio por el trabajo que uno hace y por las personas a las que se tiene que atender, que tarde o temprano sale a relucir. Cuántas veces he presenciado en el mundo de la hostelería comentarios por parte del personal despreciando a los turistas, riéndose de ellos, siempre con una acitud de menosprecio y superioridad moral (¡hay que ver!). Del “Tenerife amable” no queda nada, ni Tenerife, porque las personas que son los turistas no son tontos y no volverán, ni amable, desde luego. Fue una broma pesada el elegir ese slogan.
La alegría serena que se respira en este avión, al igual que en el propio país –al que ahora no pretendo idealizar ignorando que, como cualquier otro, tiene sus problemas—  es muy distinta de la que pretendemos vender en España como un elemento tan atractivo de nuestra idiosincrasia. La “alegría” de España está íntimamente unida a la palabra fiesta. Fiestas por aquí, fiestas por allá, bailes, juergas, macrofiestas, macrobailes, macrojuergas. Somos un país en fiesta permanente. Desde el lunes por la mañana, estudiantes y trabajadores sólo piensan en el viernes por la noche, ahora ya incluso en el jueves, como horizonte de la semana. Se hace lo que se pueda por superar la semana esforzándose lo menos posible en el trabajo, no vaya a ser que lleguemos cansados para la fiesta. Las jornadas laborables no son más que el obstáculo a superar para llegar a la juerga. Y en la juerga, con muchos decibelios, mucho alcohol y otros estupefacientes, se “ahogan las penas” de la semana. Yo lo diría de otro modo: se barren debajo de la alfombra la mediocridad, la chapuza, el poco más o menos, el ir escapando, dicho en una palabra, la falta de respeto a los demás con que se han acometido los cinco días previos.  Así no soprende que nuestra sociedad sufra el cáncer de que la mayoría de escolares aspiren a ser funcionarios: de este modo, superar la semana de esa manera encima sale gratis, sin la amenaza de que peligre su puesto de trabajo.
A diferencia de todo esto, la fiesta del fin de semana es en Alemania y en otros países civilizados que sucede que tienen todos latitudes más altas que las nuestras, el premio al trabajo bien hecho; al servicio cumplido y considerado como lo que es, un servicio; a una semana aprovechada al máximo para trabajar cada vez mejor y así contribuir a una sociedad mejor. Seguro que hay alemanes, daneses, noruegos y demás, que no se plantean así la vida. Diría que cada vez más, desgraciadamente. Pero sigue siendo una actitud general, como la contraria lo es de España. Yo desde luego puedo decir hoy que prefiero disfrutar de una fiesta quizás no tan vívida, tan alborotada como las españolas, pero con la sensación de habérmela ganado, o de haberlo intentado al menos, a través de haber realizado mi trabajo, cualquiera que sea, como un servicio al prójimo, que emana del respeto por él.
Por eso puedo afirmar ahora, respondiendo a las preguntas que planteaba arriba, que a pesar de lo que sentí  y expresaba al irme de Alemania, el equivocado era yo. Una sociedad que funciona, aunque ello implique que desde el ayuntamiento se exija el pago por un seto, es la mejor garantía del respeto por el individuo. ¿O es que podemos considerar que una sociedad en la que los servicios se hacen sistemáticamente de modo chapucero, una sociedad donde no hay un solo acto que empiece a la hora y sea habitual poner que “es a las ocho, para empezar a las ocho y media”, una sociedad en la que una persona tenga que malgastar una fracción significativa de su tiempo y dinero en reclamar que se respeten sus derechos de ciudadano, de consumidor, etc…, es una sociedad que antepone correctamente al individuo a la sociedad? ¿Es eso respeto por las personas?
Prefiero una sociedad que se autoimpone una disciplina y una organización de manera que las personas que en ella viven se sientan verdaderamente respetadas. Efectivamente, la situación de mi amigo era grave y chocaba la reclamación del seto en tal situación. Pero incluso eso podemos verlo desde el prisma del respeto. ¿O no es señal de respeto a los contribuyentes evitar que con sus impuestos haya que sufragar gastos provocados por un conductor? (Quiero aclarar que aunque fue el coche de mi amigo el que destrozó el seto, el causante del accidente era otro coche que se pasó el semáforo en rojo.)
Se dice que Dinamarca es el país del mundo en el que sus habitantes se consideran más felices. Es también el que mayores ingresos per cápita tiene en salarios, y el menos corrupto del planeta. Y es el más pacífico. Hagan un pequeño ejercicio de relacionar estos diversos aspectos viendo cuál puede ser causa de cuál. Quizás se encuentren con alguna clave con que entender por qué  estamos en el polo opuesto en todos ellos.
Para terminar, y hablando de síntomas, en este avión hay muchas familias con niños de todas las edades, desde bebés hasta adolescentes. Pero lo sé porque los ví en la puerta de embarque, y porque a veces pasa alguno por el pasillo camino de los servicios. No porque haya oído un solo grito ni un solo lloro. Ni uno. En un  vuelo de más de cuatro horas. ¿Recuerdan su último vuelo en un avión español? ¿Recuerdan algún vuelo en España en que, habiendo niños pequeños, éstos no les hayan “dado” el viaje? ¿Tienen la culpa los niños? Claro que no. Pero no me digan que los niños “son así”. Los niños son como les permiten ser sus padres. Los españoles, sin pizca alguna de respeto por los demás. Los de este avión evidentemente son de otro mundo. Pero no se engañen. Ese otro mundo, es el mundo “real”. El nuestro, es un “mundo”, una “sociedad”, enferma.  Su principal afección es la falta de respeto. A través de ella se explican muchos síntomas.
Yo, así, me quiero ir “al otro mundo”.


 





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