Espejismo nuclear. Juan Jesús Bermúdez

 


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Espejismo nuclear





 

Juan Jesús Bermúdez

 

Marcel Coderch y Núria Almiron publicaron en el año 2008 “El espejismo nuclear” (Editorial Los libros del lince), un libro de obligada relectura en estos tristes momentos en que la tragedia humanitaria y de colapso de infraestucturas que ha sufrido Japón ha venido a frenar en seco la ofensiva pronuclear que vivíamos hasta hace pocos días. En este documento se hace un análisis desapasionado de la evolución de esta recientísima forma de general electricidad (años 50 del pasado siglo), a partir de la conversión en industria civil de los esfuerzos tecnológicos militares para crear la bomba atómica que, precisamente, inauguró en Japón la era nuclear con el genocidio de Hiroshima y Nagasaki.

 

Se nos recuerda cómo el comienzo de la “era atómica” supuso un despliegue de promesas de energía infinita, una especie de elixir energético de bajísimo coste y alta seguridad; una redención para el hombre moderno que, al fin, se libraba de las estrechez de su Planeta finito y había encontrado la piedra filosofal del movimiento perpetuo, con apenas unos kilos de elementos químicos radioactivos. Así, según esta visión, el Mundo estaría plagado en poco tiempo de miles de reactores nucleares, de coste irrelevante, que nos permitiría prescindir de otras fuentes – los combustibles fósiles -, que hoy siguen componiendo más del 80% de los recursos energéticos globales.

 

La realidad, medio siglo después, ha sido bien otra, y así se nos recuerda por parte de Coderch y Almiron: la energía nuclear no ha parado de incrementar el coste de su implantación en las últimas décadas, como sostiene la Agencia Internacional de la Energía; lejos de ser rentable por sí misma, ésta precisa del imprescindible amparo y apoyo público, en forma de responsabilidad civil subsidiaria ante fenómenos de incidentes o tragedias nucleares (no existiría este recurso energético si tuvieran sus  empresas que cubrir completamente las primas de riesgo exigibles), o para gestionar los residuos radioactivos.

 

La seguridad de una central nuclear, lamentablemente, nunca será completa, aunque el desarrollo tecnológico en ese sentido fascine por la previsión de infraestructuras de contención ante eventos extraordinarios. El accidente de Fukushima, como los anteriores que ha registrado esta industria, unido a los múltiples “incidentes” de pequeña entidad que jalonan el historial del sector, añade la percepción del riesgo inasumible a la conocida incertidumbre sobre la gestión (costosa) durante centenares o miles de años de residuos radioactivos que tiene que asumir el conjunto de la sociedad actual e inclusive futuras civilizaciones.  

 

Por otro lado, existe, en palabras de los autores del mencionado libro, un “matrimonio inevitable” entre la industria nuclear civil y la militar: el uso criminal del uranio empobrecido, residuo de la industria nuclear, es una buena prueba de ello, como lo es el temor a la extensión, en manos de múltiples países, del uso de la energía nuclear con propósitos militares. Buena parte de los países con plantas nucleares se encuentran ante un dilema: tienen centrales con décadas de funcionamiento, cuya vida deben prorrogar, o proceder a la renovación casi completa de su parque nuclear, lo que requiere otorgar licencias y proceder a apoyar inversiones de esta industria, dada la situación de estancamiento del consumo energético que cuestiona nuevas inversiones en esta tecnología. Cuestión diferente es lo que ocurre en países emergentes, con importantes tasas de crecimiento en el consumo energético que hacen más rentable la incorporación de nuevos reactores nucleares, pese a lo que supone de proliferación nuclear inevitable en zonas con escasa o ninguna tradición democrática.

 

Asumir un despliegue internacional de reactores nucleares supone un reto fáustico de difícil encaje en nuestra modesta y frágil condición humana: la multiplicación de reactores nucleares supondría inevitablemente la de las probabilidades de incidentes o fenómenos extraordinarios; igualmente, implicaría asegurar que el conjunto de los Estados a los que se extendiera presumiblemente un renacimiento nuclear, algunos sin pluralismo político o directamente de carácter dictatorial, serían capaces de mantener una estabilidad económica y social, tecnológica e institucional tal que minimizara los riesgos hoy existentes. ¿Quién firmaría un contrato con semejantes cláusulas?

 

La inevitable exigencia de reducir nuestra dependencia de los combustibles fósiles debe dar paso a un uso mucho más razonable y solidario de sus recursos, y a la imprescindible multiplicación de la inversión en energías renovables, pero no al abrazo atómico, que implica convivir y dejar en herencia un recurso energético que, al tiempo que muy poderoso, es incompatible con nuestra vida y con la seguridad que deseamos para la Humanidad.




 





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