El sueño de CARLOS V durante la SEMANA SANTA. Carlos J. Alvarez

 

 
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  El sueño de CARLOS V durante la SEMANA SANTA

 


      Carlos V, emperador de gran parte de Europa y América, se encontraba en Saboya en el año del Señor de 1519 organizando personalmente los festejos correspondientes a la vigilia pascual. Tras pasar un día con las aflicciones propias de un hombre que quería sujetar el orbe con dos manos, se diluyó en la noche a la espera de un justo y divino consuelo por aupar el mayor imperio que un hombre ofreció jamás a Dios. Confiando en que el 20 de marzo era el día del equinoccio de primavera, donde la noche dura lo mismo que el día, el emperador esperó que al menos las delicias que trajese el ocaso compensaran las tribulaciones que trajo el amanecer. El Señor sabría compensar el esfuerzo de un hombre que sujetó el orbe con sólo dos manos, y el emperador se confió a un sueño apacible mecido con bendiciones divinas, donde su generosidad y devoción hallasen justo consuelo. 

       Pero la noche no estuvo a la altura del día, y un atronador lamento le susurró así al oído del César cristiano:

    ¾Debes detener las procesiones de Semana Santa. Llevo con vosotros desde antes de haber nacido como hombre y desde siempre supe que moriría a manos de los hombres. El Padre lo quiso así y yo lo acepté, porque el sufrimiento de mi fin debía ser el comienzo de un amor sin fin. Pero, al contrario de lo que esperáis, la representación de mi dolor vuelve a mis carnes el recuerdo de mi sufrimiento y yo sufro. Cada vez que me sacáis en procesión e invocáis mi dolor, vuelve a mi recuerdo aquello por lo que no vine al mundo. Cada vez que me sufrís porque yo sufrí, dejáis de amar como yo amé. No me halagáis ni me queréis más… no vivís más en el Padre por recordar vuestra falta. No necesito vuestra culpabilidad eterna. No me volví hombre para que nadie sufriera, sino para que el Amor fuese el aire con el que volver a respirar.

      Cuando escuchó esto, el emperador portaba una cuadriga que trotaba el orbe, y las huellas de las ruedas surcaban Holstein, Moravia, Silesia, el condado de Borgoña y Saboya, los Países Bajos, Génova, Lombardía y Toscana, perdiéndose en el este hasta Transilvania y al oeste en América. Y de esas huellas brotaban cientos de Cristos dolientes con procesiones de flagelantes y dolientes, sufriendo por Dios y dando gracias al emperador. En medio del mapamundi del dolor, artistas de todas las épocas pintaban y cincelaban figuras de Vírgenes y Cristos dolientes bajo todas las formas del dolor y el sufrimiento que su imaginación logró concebir.

      El emperador vio que la voz provenía de una de ellas, y a ella se dirigió, exhortándole: 

  ¾Señor Dios Padre de todos los hombres, a ti me dirijo con divina humildad, y con toda modestia te recuerdo que las procesiones sirven también para recordar tu dolor y avivar el respeto a Su Santidad y, por ende, a la persona que yo represento como principal coadjutor de tu voluntad. Tu pueblo tiene demasiada tendencia a la impostura, a la risa que no respeta nada. Pero ante tu imagen doliente, mis súbditos saben que hay algo sagrado superior a ellos, y por eso respetan mi Reino que es tu Reino. Gracias a ello puedo honrarte con su infinita entrega.

      Pero el Cristo de cera y escayola empezó a sudar por la piel y la boca estas palabras:

     ¾No quiero súbditos de la guerra sino esclavos del amor. Desde que me hice hombre tengo el recuerdo de la mortalidad en mi sangre. ¿Puedes imaginar lo que es sufrir en un cuerpo humano con la conciencia de un Dios? ¿Puedes imaginar lo que es sufrir por cada uno de los seres del mundo y sentirlo en la carne de un hombre? En mis treinta y tres años de vida llevé una sonrisa eterna que nunca se representó. Sentí el dolor de la planta que no encuentra la luz; viví mi corta vida con la belleza fugaz de la mariposa que nace para morir. Apreté los instantes de mi vida con la alegría de las flores que florecen, y pronuncié palabras con una serenidad inaguantable por imperturbable: tan sólo quería emborracharme de vuestros abrazos, deshacerme en el milagro de la respiración que provoca a la muerte… pero sabía que tan poco preparados estabais para el amor que tuve que morir para que, tal vez así, a través de mi dolor, pudieseis entender hasta dónde quise haber llegado y cuán corto fue el camino recorrido. 

     Las ruedas horadaron la tierra y las procesiones parecían hundirse en ella, cuando la figura fue creciendo y haciéndose grande como un continente, sobrepasando al tamaño que el emperador tenía en el sueño, y le dijo: 

      ¾Si yo muero cada vez que un hombre muere, ¿crees que necesito que representéis mi dolor? ¿Crees que así llegaréis antes al final del camino del amor por el que vine al mundo y morí? Cada vez que tus imagineros crean una imagen nueva y ellos sufren, mi dolor se dispara. Cada vez que representáis a mi madre sufriendo, yo sufro. Cada vez que creáis una imagen que no vaya acompañada de una acción que agrade al Padre, os alejáis de mí.

      Pero el emperador, que soñó esto el día del equinoccio de primavera, donde el día dura lo que la noche, interpretó que el amor que le exigía la noche no era sino el reverso ilusorio de la ambición que le exigía el día, por lo que decidió no hacer nada hasta que llegase el amanecer.

      Entonces, la figura de escayola y cera tomó una forma completamente humana, y con una serenidad firme pero triste, hizo una señal a los cientos de figuras de cera y escayola, que iban tomando la forma de enemigos armados que llamaban al pueblo a las armas contra él.

      ¾He de irme. Volveré cuando ya no estés. Te dejo herejías, revueltas, cismas, ateos que te ayuden en el largo camino que debes recorrer para llegar a mí. 

      Y en ese momento la imagen se volvió rocío de ocaso, mientras el suelo de su imperio se hundía bajo las huellas de las ruedas de su cuadriga.  

    

      El sueño duró unos años, hasta que despertó con sus Consejeros rogándole su abdicación a favor de su hijo, la revuelta de Lutero en su cénit, y el inicio del fin de un imperio donde Protestantes y Católicos empezaron a desangrarse bajo una providencia muy humana.   
 
 
 






Comentarios hacia esta página:
Comentado por Angelo Olivier( ), 25-04-2011, 09:04 (UTC):
Estimado amigo:
Espero que este sea el primero, que no el último comentario que recibas a partir de este momento inaugural.
El artículo de esta semana me parece muy logrado: Carlos I de España y la S.S. han sido vislumbrados como una utopía narrada a modo de parábola y ensoñación para permitirnos compartir tus inquietudes.
Gracias por aunar nuestra historia y la fe que profesamos, aunque muy mal, algunos.
En efecto: recordemos el Amor, y menos aún el Sacrificio. Que el ejemplo sea cordial y no sangriento.
Un abrazo agradecido, magister Gilga.



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