El ARCO IRIS PASA POR LIBIA. Carlos J. Álvarez








 
Por favor,no me lea
www.TENERIFEWEEK.com

 

El ARCO IRIS PASA POR LIBIA 

 
 

     
    Estudiamos en la escuela que el color blanco contiene todos los colores, como el arco ris. También que el color negro lo es porque absorbe todos los colores. A día de hoy, el arco iris se pasea por el norte de África. No sabemos dónde nació y tampoco dónde morirá, pero conocemos bien la pedagogía de sus colores.

     Libia, como otros países antes y otros después, nos enseña que el petróleo negro contiene el amarillo oro de la codicia, el azul del cielo que nos acerca el avión, el gris del asfalto, las verdes alegrías que acelera nuestro coche, la púrpura del poder, el rojo de la sangre.  
 
 

     Estos colores, guardados celosamente por el Oro Negro del mundo, serían luego lanzados al orbe compartiendo destino con la larga historia de la humanidad. 

      Mientras no logramos un acuerdo común sobre el problema del norte de África, los antropólogos llevan años defendiendo una idea común: Todo empezó  en África.

     En el continente negro de negra gente y negro Oro Negro, comenzó  el viaje de la forma más sofisticada de materia que ha conocido el universo. Un mono, que se hizo hombre al saber que iba a morir, partió desde un Valle llamado Rift, y se abrió al mundo buscando yerba caliente bajo sus pies. Su memoria guarda pisadas, olores y paisajes. Lleva al lomo la nostalgia de los valles fértiles y las praderas sin horizonte que a veces encontraron nuestros antepasados. ¿Qué más da ignorar lo que dejábamos atrás? Entonces no sabíamos que el Valle del Rift guardaba un cementerio: en su corazón latía el Oro Negro, hecho de la muerte de aquella belleza verde y de animales gigantes que pasaron a la memoria de las piedras, y que sirvieron a mitologías que luego admiramos.  

     Lo cierto fue que partimos de allí y surcamos milenios tras el cuerpo caliente de ese Oro Negro. Pero, igual que se obvia lo que ya se tiene, dejó de interesarnos el frescor de la hierba y las mañanas límpidas de Sol. ¿Quién iba a imaginar que nos mataríamos, no por la pradera como por el plástico, no por el bosque como por la gasolina, no por el pájaro como por el keroseno?

     Pacientemente, África dejó que buscásemos lejos de ella paraísos y esperanzas. Nos dejó libres un tiempo mientras preparaba la lección que nos enseñaría lo caro que pagaríamos su abandono: el sacrilegio de exhumar el cementerio más grande del universo conocido.

     A día de hoy, pasados cientos de miles de años desde que el arco iris desplegó su blancura desde la oscuridad, hemos gozado la impunidad del sacrilegio. Abrimos las puertas del infierno y el infierno ha subido a la superficie.  
 
 

     Ayer fue Egipto, antes de ayer fue Túnez, y mañana será otra que suplantará a éstas. Nuestra indignación cambiará de diana, y la que hoy parece imprescindible mañana será olvido.

     Algunos piensan que los sucesos de Libia son fruto de la espontaneidad de un pueblo oprimido y otros apuestan por una rebelión concitada. En cualquier caso, estamos de acuerdo en cuanto al advenimiento de una revuelta. Pero pasará el tiempo que superará a los hechos, y recordaremos esta re-vuelta como una más, es decir, una vuelta a donde estábamos.

     Mi opinión carece de importancia. Diré sólo que me gustaría confiar en la espontánea rebelión de un pueblo oprimido (existe una posibilidad), pero tengo mis dudas. No obstante, en ambos casos cambiará la opinión pero no las consecuencias, ya que son posturas verosímiles pero su conclusión es ociosa. ¿Por qué discutir sobre causas distintas cuando el efecto será el mismo?

      Libia, como el resto de Occidente, tiene derecho a elegir al opresor que mejor se adapte a sus ilusiones de mejoría. Después de todo, en eso consiste la gran conquista política de la modernidad. Con el beneplácito unánime de los vencedores y los vencidos, creamos sucesivas ilusiones de cambio para que todo sea igual.

   
 

      A día de hoy, nos complace discutir sobre opiniones, no sobre ideas. Ante la original falta de éstas, ahondamos en aquéllas. De ahí el placer de la discusión.

     Los medios de comunicación destacan furiosamente las mejores imágenes que generen las más predecibles respuestas. Da igual que los sucesos hayan sido producto de la revolución o de la insurgencia programada. En ambos casos, los sucesos exigen una misma resolución. De forma visible como ejército americano o europeo, o de forma invisible como democracia teocrática, Libia será tomada, y todos aplaudiremos la idea. Como bien nos ha enseñado Walt Disney, sólo puede haber un único malvado llamado Gadafi, y ahora todos deseamos que sea vencido por un hermoso príncipe extranjero. Podrá venir con trajes distintos, pero el malvado será derrocado. Como sucede a menudo, la tiranía necesita renovar su cara para solaz de sus súbditos.

     Montaigne, parafraseando el Critias de Platón, decía que <<la ignorancia de los oyentes brinda una bella y amplia carrera, y plena libertad, al manejo de una materia oculta>>. Luego, como recordándonos que el progreso consiste en la repetición de nuestra estupidez bajo formas distintas, dijo que <<nada se cree tan firmemente como aquello que menos se sabe, y que no hay gente tan convencida como quienes nos cuentan fábulas, al modo de alquimistas, adivinos, judiciarios (astrólogos)*, quiromantes, médicos, id genus omne [todo ese género]>>.

     De ahí que la discusión sea la hija tonta de la duda. El arrianismo discutió con el cristianismo sobre la naturaleza de Jesús, pero no dudó de su existencia salvadora. Discutimos quién es mejor, si Zapatero o Rajoy, pero no dudamos de la conveniencia del sistema parlamentario. Por ello, no pugnemos en torno a algo que sólo genera discusión y que es incapaz de llevarnos más lejos.

      Para que un pueblo no sea conquistado de ninguna manera, ha de ser, o tan imprescindible que nadie pueda dañarlo, o tan insignificante que nadie repare en él. A día de hoy, muchos países son necesarios, bien por el furor de su industria, bien por el vigor de sus asalariados.

     China se dirige a la primacía del mundo porque es la que mejor gestiona sus esclavos. En la carrera por la máxima producción nacional con el mínimo de exigencias, América latina y África perdieron porque sus mejores cabezas y brazos,  por la fuerza o el consentimiento, se rindieron o emigraron. De ahí uno de los factores de su decrecimiento. O alimentamos con fuerza nuestra voluntad, o matarán nuestra voluntad con todas sus fuerzas.  
 
 

     Que nadie se engañe. Mientras no cambiemos las reglas del juego, la economía del mundo sólo mejorará incrementando el número de esclavos. El éxito no dependerá de nuestra conquista militar. El secreto de su éxito está en conquistar nuestras voluntades; el nuestro, no rebajar un ápice nuestro ánimo. <<No hay otra victoria que aquélla que, reconocida por los vencidos, subyuga también su ánimo>> dijo Claudiano en De sexto consulatu Honorii.

      Hace mucho que nuestro arco iris partió de África. Hoy, como otras veces, volvemos a ella porque ella nos llama. Hoy, como siempre antes, sólo encontramos una actitud que nos mantenga alertas frente a toda decepción y toda derrota, y que la maestría de Montaigne define así:

     <<Quien cae obstinado en su valentía, si succiderit de genu pugnat [si ha caído, pelea de rodillas]**, quien no rebaja ni un ápice su confianza por ningún peligro de muerte inminente, quien, al rendir el alma, sigue mirando a su enemigo con una mirada firme y desdeñosa, es derrotado no por nosotros sino por la fortuna; cae muerto, no derrotado. Los más valientes son a veces los más desafortunados>>. 
 
 

 
 
 

    *La aclaración entre paréntesis es del autor de este artículo

    ** Séneca, La providencia, 2,6