De las temperaturas. Grissela Pérez









 

Vivo en Elgin, un suburbio de Chicago, en el estado de Illinois, EEUU. Pretendo contarte, desde aquí, esas pequeñas cosas que sorprenderían a cualquiera que se enfrente por primera vez con una cultura diferente a la suya. Espero que lo disfrutes.





 
De las temperaturas
 
 
 
Vivo en Elgin, un suburbio de Chicago, en el estado de Illinois, EEUU. Podría fácilmente iniciar un artículo hablando, como me he propuesto, del frío que hace. Pero desde que he puesto la palabra "suburbio" ya se me han erizado los pelos.
La palabreja suena al Bronx sin contemplaciones. Pero si me hago la loca y continúo, lo del frío es todavía peor porque ¿de qué frío estoy hablando, qué  clase de frío, con qué temperaturas, para quién es frío y para quién no? En fin, que estoy empezando a pensar que es todo tan relativo, que más vale que empecemos sin prisa pero sin pausa a ir aclarando cosas. O, por lo menos, a intentar ofrecer una perspectiva lo más cercana y neutral que se pueda acerca de lo que veo, oigo, huelo, siento, gusto y pienso todos los días en este inmenso país al que muchos llaman "el último de los imperios occidentales".Y que conste que en ese proceso de asimilar lo que no es natural en una, yo soy la primera que aprendo.
A la postre es lo que cualquier emigrante hace cuando se enfrenta a una cultura distinta a la suya y comienza a desgranar lo que le resulta ajeno. En deglutir se tarda más. Así que les invito a ustedes a que desmenucen y "coman despacio" conmigo esta nueva realidad que me ha tocado vivir a través de éste rincón digital y veamos qué pasa. Por cierto, si pueden, échense un vasito de buen vino canario a mi salud mientras tanto.

Expliquemos lo del suburbio primero. Decía que es un término evocador de lo urbano y casi de lo decadente. Se imagina una solares abandonados, graffittis, hierros retorcidos, canalizaciones de agua en desuso, casas lánguidas y desportilladas, algún gato famélico y vagabundo, pandilleros arrogantes, basuras sin recoger en cada esquina o alguna pequeña tienda maloliente llena de remaches -por decir alguna cosa-, pero la verdad es que lo que veo no tiene nada que ver con todo eso.
La ciudad de Chicago, que es la tercera más larga de todo Estados Unidos es un auténtico monstruo con corazón de estrella. Su centro, que radica en la ribera del lago Michigan, es cosmopolita, lleno de tiendas lujosas, abarrotada de gentes, luces y rascacielos.Hasta esta crisis en la que andamos inmersos todos, era la segunda ciudad del país más pujante, económicamente hablando. Ha atraído enormes movimientos de personas desde casi su fundación por ser un enclave fundamental en el transporte hacia el oeste, y continúa teniendo esa motricidad a tenor del incesante flujo humano que observamos transitando por sus calles.El esplendor de lo que en las islas llamamos "el casco urbano" es bien conocido, y al amparo del mismo, hace mucho que llegó el desarrollo.Hoy no podemos entender Chicago si no consideramos asimismo las ciudades que la rodean. Ampliamente independientes en aspectos como la configuración, la arquitectura, servicios públicos o negocios pero bajo el paraguas de la gran ciudad, -que es el gancho- territorialmente y en los mapas.

Eso le pasa a Elgin. Es la ciudad más grande de los alrededores y una de las hijas de la city.Está a cuarenta minutos en coche del centro -de su madre- y el aspecto es el de una postal navideña.Con la nieve incluida.Tiene calles espaciosas, de cuatro o más carriles orientados hacia los puntos cardinales y trazados como en una gran cuadrícula: calle de tal Este, calle de cual Oeste...y las más antiguas conservan aún su primer nombre designado por el número (calle primera o principal, la séptima, la tercera..) tal y como se encuentra todavía en algunos barrios de las islas.¿Ya no estamos tan lejos de lo que nos resulta familiar, verdad?A ambos lados de las calles  hay casas que parecen sacadas de un cuento, con tejados de pizarra, a varias aguas, con ojos de buey en la parte alta y de estilo victoriano en su mayoría. Algún edificio de los setenta algo perdido, y alfombras de césped verde y fresco en verano, y manto blanco en invierno. Llegamos al frío. La cuenta de Fahrenheit a Celsius nunca me sale exacta, así que me conformo con restar treinta y dividir entre dos para hacerme una idea aproximada de lo que hay. Digo lo que hay porque a veces los resultados me parecen increíbles. A lo tonto, hemos estado bastante tiempo oscilando entre catorce y diecinueve grados bajo cero (Celsius, aclaro) con dos días nevando ininterrumpidamente, diez grados bajo cero ¡qué mejoría!, carreteras despejadas, sol, ocho grados bajo cero, nieve tres días cayendo con alguna intermitencia, dieciocho grados bajo cero -parece que empeora, me digo- cuatro días grises con viento gélido y quince grados bajo cero -a ver si despeja, pienso- y,por fin, sol radiante con nueve grados bajo cero -¡llegó la primavera ya! creo-. Por tanto,como ya saben, las cosas son muy relativas tanto en la distancia -ciudad, suburbio o lo que se tercie- como en el tiempo -atmosférico o no-. Ahora bien, lo que no termina de subir, aparte de la crisis, es la temperatura, aunque seguimos
llevándonos un sobresalto de tanto a tanto.
 
Otro día les cuento más desde el imperio.