DE PADRES Y HOGUERAS. Grissela Pérez









 

Vivo en Elgin, un suburbio de Chicago, en el estado de Illinois, EEUU. Pretendo contarte, desde aquí, esas pequeñas cosas que sorprenderían a cualquiera que se enfrente por primera vez con una cultura diferente a la suya. Espero que lo disfrutes.






DE PADRES Y HOGUERAS 
 

He preguntado hasta el infinito y nadie lo sabe. Han puesto cara de extrañeza porque nadie los había puesto ante esa tesitura con anterioridad. Es más, que han dado un paso hacia delante y ellos se han excusado diciendo que no tienen por qué saberlo ni tampoco tiene mucho sentido enterarse porque, además ¿a quién le importa eso? “¡Disfrútalo!”, me han respondido.
Sé que parece una tontería, pero yo les explico, con mucha educación, que nosotros celebramos el día del Padre en marzo, porque el día  diecinueve es el día de San José. Y ya que en este país, todo el mundo tiene una religión, les recuerdo que San José era el padre putativo de Jesús –y no entro en lo de putativo para no complicar más las cosas-. O sea que celebramos el día del padre haciendo alusión al padre de todos los padres; es decir, al padre del Redentor, al carpintero original, al señor mayor que no le importó casarse con una joven virgen que quedó embarazada sin su propia intervención.
Todos nosotros conmemoramos esa gran paternidad en los padres individuales. Así, regalamos millones de corbatas –que nuestros padres reciben con sonrisa de hartazgo- y mil cosas más con la conciencia de que representan, para nosotros, al padre prístino y primerizo que acogió como suyo al Salvador. Da igual que no se llamen José, Pepe o Pepito, igualmente son padres y eso es lo relevante del asunto. Muchos tampoco son viejecitos ni se han casado con jóvenes vírgenes, pero con tal de que un retoño los mire con cara un poco admirativa y los llame “¡Papá!” ya tienen más que suficiente para sentir que han cumplido con la Humanidad.
Ésa es la razón por la que me gustaría saber por qué, si a un lado del océano Atlántico recuerdan a San José con ese regocijo, por estos lares el Día del Padre se celebra el veinte de junio.
El veinte no es el veintiuno. Si lo fuera, podríamos asociar la paternidad a una gran transformación en la vida de uno –que lo es- coincidiendo con el cambio del solsticio. Tendríamos razones siderales para hablar de ello. Incluso podríamos pensar en el polvo de las estrellas. Y quiero recordar, con esto, la famosa frase “de polvo eres y en polvo te convertirás”, que no es más que nuestra conexión biológica con la termodinámica y con el ciclo de la vida desde los orígenes del universo. No he querido decir nada más….(y aquí te hago el guiño). Pero nos podemos olvidar ya de los paralelismos entre el macrocosmos y el microcosmos, entre nosotros y el Big Bang de la Creación, entre nuestra vida y la del patriarca que huyó a Egipto. Aunque no hay nada nuevo bajo el sol, que alguien me explique por qué se celebra el día del Padre el veinte de junio en  U.S.A.
Con conocimiento o sin él, la fiesta ha estado ahí. Los colegios de Primaria acaban de terminar sus clases en su mayoría. La secundaria también y las universidades terminaron antes. No ha habido “trabajito para papá”, como lo hubo para mamá el primer domingo de mayo ¿o era el segundo? –entre unos y otros, ya no me aclaro-. Sin embargo, los anuncios publicitarios en la radio y en la televisión han sido masivos y variados, sin caracterizar, de ninguna manera, el Día o sus motivos, sin apelaciones a sentimientos profundos, con mucha suavidad.
Por tanto, he decido que es mejor pensar en las hogueras. Les expliqué a mis alumnos que la víspera de San Juan, los niños solían recoger, casa por casa, todo aquello que era inútil o inservible y que con eso formaban una pira, en algún lugar del barrio en el que no hubiese peligro de incendio. También les conté que, alrededor de las nueve de la noche –porque por esas fechas los días son más largos-, se le prendía fuego a todo, formando una hoguera enorme. Y que cuanto más grande fuese la hoguera, más felices estaban los vecinos, al ver que todo lo viejo o lo no deseado se consumía en el fuego irremediablemente. Les dije que en algunos barrios incluso se hacían barbacoas y que unos y otros, en comunidades pequeñas –como se estila por aquí- confraternizaban, arrojando a las llamas papelitos con las cosas negativas que la mitad del año les había deparado. Les ha encantado la idea.
En este país, San Juan pasa completamente desapercibido, y las barbacoas se asocian al verano con los amigos o al cuatro de julio –ese día es obligatorio hacer una en el jardín posterior de la casa- porque hay que ver los fuegos artificiales y conmemorar el Día de la Independencia de los EEUU.
Aun así, mis alumnos están seducidos por la idea del fuego y de quemar cosas en él. Me han propuesto invitar y carbonizar a algunas maestras y profesoras que no les gustan. Creo que este año –como dice el dicho-, me he salvado de la quema. Como ven, en todos lados “cuecen habas”. Y en algunos sitios, dicho cocido debe tener un sabor auténticamente “explosivo”. Me pregunto qué pasaría si les propongo quemar el veinte de junio y el Día del Padre. Por si acaso ustedes, ¡pónganse a cubierto!.