DE CONQUISTAS Y OTRAS VELEIDADES. Grissela Pérez









 

Vivo en Elgin, un suburbio de Chicago, en el estado de Illinois, EEUU. Pretendo contarte, desde aquí, esas pequeñas cosas que sorprenderían a cualquiera que se enfrente por primera vez con una cultura diferente a la suya. Espero que lo disfrutes.




 
DE CONQUISTAS Y OTRAS VELEIDADES
 


Cuando llega octubre parece que cualquier eco del largo y cálido verano se haya agotado definitivamente. Pero lo cierto es que no es así. El famoso puente del Pilar suele encontrarnos a todos deseando que los cielos nos regalen un buen “veranillo de San Martín” para poder prolongar más, si cabe, el último regusto a vacaciones. Comercios y hoteles se afanan, presurosos, a lanzar sus últimas ofertas de sol apelando a nuestra nostalgia de un pasado casi inmediato. Y no somos los únicos. Los norteamericanos del Medio Oeste –léase en donde me encuentro- se están frotando las manos porque saben que tras la primera helada que se producirá en éste mes, vendrá el “Indian Summer” o “verano indio”. Una vez más, los aborígenes norteamericanos cargarán sobre sus hombros la responsabilidad de procurar un calor y una luz agradable a todos por igual. Sabemos de la decepción que padecerían si no fuese así.

Por aquí no hay Pilares, pero sí Colombos. No, no lo he escrito mal. Hablo de Cristophoro Colombo, ése italiano –festejado por los suyos- que trajo a América encontrada antes por los vikingos- una horda de hispanos deseosos de conquistar un Nuevo Mundo que estaba hallado y muy tranquilo hasta que llegaron ellos. Y esto es creencia colectiva. El doce de octubre es aquí una de ésas fiestas “intercambiables” en los distritos escolares. Es decir, que según la vocación multicultural del distrito, se declara el día festivo o no. Aun así, la parte de Chicago en la que se asentaron los italianos un poco antes de 1920 y que hoy se llama “Little Italy” –la Pequeña Italia-, tiene un aire de fiesta, algo sorprendida, con un pequeño desfile. Porque el tema es peliagudo. Las modernas teorías sobre la procedencia de Colón barajan distintas posibilidades en cuanto a su procedencia. Unos lo reafirman como navegante genovés, mientras que otros lo sitúan como a un judío converso español –probablemente aragonés-. Lo cierto es que el propio Colón jamás quiso desvelar con claridad su origen y ésa es una de las razones por las cuales la segunda opción anteriormente citada, es la más factible. Igualmente, la posesión de sus restos mortales se la siguen disputando la República Dominicana y la Catedral de Sevilla, en España, a la espera de que se cotejen las muestras genéticas con sus descendientes. O sea, que para un lado del Atlántico, Colón continúa siendo una figura misteriosa, y, para este, controvertida. Porque si es italiano, no me cabe duda de que algún día su efigie terminará plasmada en la famosa pizza de Chicago y se convertirá en el orgullo de su comunidad. Pero si es español, adiós a los desfiles, al negocio y al orgullo también porque el norteamericano medio afirma que no descubrió nada. Por eso no tiene manera alguna de ser un “ganador” se le mire por dónde se le mire.

Mientras tanto, los árboles se visten de colores, y parte del turismo interno del país, se dedica a viajar en coche hacia ésta zona aunque sea para sacar fotografías de los morados, púrpuras, verdes, amarillos y rojos que exhibe la naturaleza, mientras deja caer las hojas lánguidas del otoño. A pesar de eso, la estación se pinta de naranja y negro. Enormes calabazas anaranjadas se colocan en los porches de las casas o en las escaleras de entrada. Hay quien va más allá, y en un desafío a sus vecinos, llena el césped y los árboles frontales con fantasmas, gatos negros, vagabundos de paja mal vestidos en las esquinas del jardín, calaveras sonrientes, brujas y todo aquello que presagia la gran fiesta de final de mes: el Halloween. Es curioso el culto a la muerte que rinden las diferentes culturas que se encuentran aquí. Mientras la cultura predominante entre los latinos –es decir, los mejicanos- se preparan para el primer día del próximo mes y ya van pensando en convidar a los muertos a la vida, los norteamericanos convierten a la muerte en una fiesta infantil llena de dulces. Los niños van pensando en el disfraz con el que asustarán a los demás y ya planean las puertas en las que preguntarán, siniestros “¿trato o truco?” para recibir golosinas –en el caso de que haya trato- o para hacer una pintada o algo desagradable, si no se les satisface.
El calor ha sido generoso porque hacía 34 años que ésta zona del país no tenía temperaturas tan veraniegas en ésta época del año. Los árboles se siguen negando al cambio climático. Las calles se van llenando, poco a poco, de las hojas de los frioleros. Los supermercados venden calabazas incomestibles y decorativas, tan anaranjadas como su incierto origen mientras el color negro de la muerte, duda entre cerrar octubre o inaugurar noviembre en un alarde de conquista que muere o que nace.