Baños bajo sospecha

 

Baños bajo sospecha





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Los baños públicos, un asunto que huele mal. No pretendo hacerles pasar una mala digestión (caso de haber cenado recientemente) o de darles el desayuno, pero lo cierto es que lo que está sucediendo con los aseos públicos del Intercambiador, de la estación marítima o de los centros comerciales y supermercados emana unos perfúmenes que no son nada agradables, pero no por un problema de fosas sépticas, sino por actitudes que ponen en tela de juicio a toda la sociedad por culpa de cuatro descerebrados que no tienen mejor afición que, dicho sea con todos los respetos, de ponerse a follar como perros en celo, sin importarles ni la higiene ni que puedan ser sorprendidos en plena faena, como ha pasado en varias ocasiones.

Cierto es que en los baños de esos lugares de tránsito de pasajeros, léase estación de guaguas, muelle o aeropuerto, suelen estar vigilados constantemente porque han sucedido hechos surrealistas, grotescos y macabros, pero, ¿quién pone coto a lo que está aconteciendo en las grandes áreas comerciales o en los súper? Hay algunos establecimientos que han tenido que recurrir a la seguridad privada para velar, pásmense ustedes, por lo que pueda pasar en los baños y dejar la vía casi expedita a los amigos de lo ajeno para mangar a manos llenas en las estanterías, pero no todos estos comercios cuentan con un potencial económico para tener a un vigilante de los aseos y la medida ha sido la de dejar la llave en manos de los cajeros.

Evidentemente, no niego que haya que tomar decisiones para evitar que nos podamos encontrar el nada edificante espectáculo de dos personas dándole al ñiqui-ñiqui. No es plato de buen gusto que abras la puerta y te encuentres a dos adultos o adolescentes fogosos como Dios los trajo al mundo, sobre todo porque, cuando es casi más vergonzoso para el que sorprende que los pillados tener que ver por puro accidente una escena nada edificante. Pero, dicho esto, tampoco me parece bien que empleados o usuarios que tienen en ese momento la llave se permitan juzgarte y decidir si eres o no sospechoso.

Imagínense ustedes la escena. Mercadona de la calle Ramón y Cajal, en Santa Cruz de Tenerife, nueve de la noche. Sales de clase y antes de ir a casa te apetece comprar un dulce para el desayuno del día siguiente. Dejas el maletín en consigna y, ya puestos, te haces un completo, compras y vas al servicio. Pides la llave, pero resulta que la tiene una clienta y te dice el cajero que se la pidas tu mismo. Lo haces y, cuando les estás diciendo que te deja la llave, te mira de arriba abajo y te espeta en tu cara: “Pues mi niño, no sé si dejártela, porque es que en los baños se están dando muchos casos de gente que se mete a follar y a otras cosas y bueno, porque vas bien vestido, pero es que ya está bien, que ahora, como ya vigilan en el Intercambiador, ahora se vienen a los aseos de los centros comerciales y de los supermercados”.

O sea, que al final esto es una cuestión de ir más o menos elegante, como si la corbata, la chaqueta o las camisas de marca fuesen una etiqueta que evite que hagas, como diría Chiquito de la Calzada, “guarrerías españolas”. A mí, como supongo que a muchas personas, lo que me fastidia es que la particularidad, la excepción, se imponga como norma y acabemos pagando justos por pecadores. Algo debemos estar haciendo mal, muy enferma debe estar esta sociedad para que lleguemos a elegir un urinario para satisfacer un calentón sexual. Deleznable.