Amaño apellidesco. Juan A. Velarde





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Amaño apellidesco

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El Gobierno de Zapatero, definitivamente, ha perdido el norte (y el resto de orientaciones y puntos cardinales). Como en España nos aburrimos cuales ciudadanos suizos, como nos abruma la placidez de no tener paro, de no tener a cuatro desvergonzados con pasamontañas y tiro en la nuca que pretenden participar en las elecciones del 22 de mayo, como no tenemos al titular de Interior haciendo un régimen faisanesco, llegan los lumbreras de la Moncloa y deciden que a partir de ahora sea un funcionario del Registro Civil el que tenga en su mano el determinar qué apellido irá primero, si el del padre o el de la madre, siempre y cuando existe una discrepancia entre los conyuges, que la habrá, sin duda alguna, porque no todas las parejas están de acuerdo con el sistema que implica que el apellido paterno prevalezca sobre el materno.

Dice el gracioso ministro de Justicia, el señor Caamaño, que quizá habría que ‘ocultar’ (es decir poner en segundo lugar) aquellos apellidos que suenen mal, que al combinarse en primer término dieran lugar a un juego de palabras burlesco. ¡Pues está bonito el titular ministerial! Su apellido, ya puestos, da lugar a gracietas del tiempo Caamaño, ¡qué gran tamaño! Caamaño, ¡qué gran apaño! O Caamaño, ¡qué amaño! Quien más calladito tenía que quedarse, es quien más larga por esa boquita de piñón.

En cierta medida, no es de extrañar que el portavoz de la permuta apellidesca sea el ministro de Justicia. Hacía falta un patán y, desde luego, Caamaño tiene más pinta de doble de Bud Spencer en Banana Joe que de político respetable y honorable. Me imagino, ya puestos a seguir la comparación con su aspecto fisonómico, que su ‘gran tamaño’ no se debe a una ingesta masiva de plátanos, sino más bien de percebes y ya se sabe que somos lo que comemos, pero el silogismo se lo dejo a ustedes, que son la mar de inteligentes.

Pero en fin, a partir de ahora los funcionarios de los Registros Civiles comenzarán a pedir nuevos destinos ante la perspectiva de que tengan que mediar en una disputa verbal y/o física entre las parejas o que sea el propio empleado público el objeto directo y el complemento circunstancial de culpa el que cargue con la responsabilidad de decidir qué apellido se le coloca al vástago en primer lugar. Como insinuaba al diputado de Convergencia y Unión, Joan Jané, ¿habrá que plantearse la colocación de un bombo en los registros civiles? Desde luego, mientras no esté ‘caamañado’…

Eso sí, entiéndase la ironía. Que nuestra principal preocupación sea la del orden de los apellidos son, como muchas otras cosas, ganas de tocar las narices, de revolver las cosas para en realidad no arreglar absolutamente nada, sino todo lo contrario. Y menos mal que aquí en España los hijos pueden llevar los dos apellidos (paterno y materno). ¿Se imaginan que tuviéramos que renunciar directamente al femenino, como pasa en los Estados Unidos o en el Reino Unido? Claro que allí tampoco tienen a un Caamaño y si lo tuvieran…sería un actor de películas de serie B…de bodrio.








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