Cisne Negro. Erik Stengler





Cisne Negro



 


Ver Cisne Negro no deja de ser una experiencia cinematográfica interesante, pero hay que estar advertido de que el espectador es sometido a una tortura psicológica de principio a fin. El hecho de que efectivamente las sensaciones que se transmiten son las de un agobio ahogante y una perturbadora angustia probablemente hable bien de su director, Darren Aronofski, si es lo que pretendía. EL agobio y la angustia son las que rodean y permean la vida de la triple protagonista de esta historia: el cisne negro; Nina Sayers, que es quien lo interpreta en el ballet; y Natalie Portman, que es quien interpreta a Nina Sayers. Es la triple historia de autodestrucción y enloquecimiento provocadas por la persecución de un sueño que se convierte en pesadilla fatal.

Digo "triple" a conciencia. La "doble" historia es un recurso conocido en el cine: el personaje protagonista reproduce en su vida la del papel que interpreta en una obra dentro de la película, en este caso, el ballet "El Lago de los Cismes". Lo que es sobrecogedor es que, en mi opinión, a Natalie Portman, la de carne y hueso, le ha pasado lo mismo que a su personaje en la película: en pos de la interpretación de su vida, por la que está siendo tan premiada, ha traicionado -ha autodestruido- a la Natalie Portman que me gusta recordar: la niña delicada, sencilla e inteligente, casi muñeca de porcelana, que seleccionaba papeles acordes con esa personalidad tan especial y poco común, desde "A cualquier otro lugar" hasta "Las hermanas bolena", pasando por la magistral "Closer". Al aceptar un papel con tan alto componente erótico en Cisne Negro, en mi opinión innecesario aunque ella insista en que era necesario para su personaje, ha perdido esa inocencia que le caracterizaba y se ha convertido en una actriz más del montón. Del montón que lucen Óscars y Globos de Oro, pero que no por eso son especiales. Natalie Portman lo era y ha dejado de serlo. Puestos a recordarla, prefiero hacerlo en su papel de Reina Amidala.