Cabalgata emancipadora. Fran Campos




 Cabalgata emancipadora.




 

El Carnaval baja de las tablas.

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Una vez finiquitados los concursos, galas, presentaciones, etc.…de los Carnavales, por fin llegó la hora, un año más, de que la fiesta saliera a la calle. Se acabaron por este año las competiciones por los premios, las disputas entre grupos o las colas para entrar al Recinto Ferial o al Heliodoro.

 
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  Es en los rincones de nuestra ciudad y en el recorrido de la Cabalgata Anunciadora cuando los grupos se encuentran con su público en su ambiente natural. Ya no se enfrentan entre si, ni tienen que someterse a un plan de trabajo estricto promovido por el director artístico de turno. Ahora es el momento de, simplemente, desfilar y dejarse agasajar por sus principales valedores, el pueblo tinerfeño. Vuelven a ser lo que realmente son, mal que les pese a algunos: gente normal que participa activamente en las fiestas y que por ello son aplaudidos y valorados por sus conciudadanos.

 
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La Cabalgata, una vez más, fue la confirmación oficial y social de que la fiesta había llegado al asfalto. Una frase hecha, sí, un tópico, también, pero que no deja de encerrar una gran verdad. Este desfile, junto al Coso o el Entierro de la Sardina (y las múltiples actuaciones callejeras) son las tradiciones carnavaleras quizás más antiguas y arraigadas en nuestra capital, pero también las que más han sido desamparadas por parte de los diversos Organismos de Fiestas. En el Carnaval actual, lo que parece primar son los megaespéctaculos televisivos y televisados de los concursos de agrupaciones (obviamente con los que conciernen a las murgas como los más difundidos y seguidos). También el Carnaval nocturno, por la aglomeración de participantes y por supuesto por todo lo que supone de infraestructura, preparación y medidas de seguridad, es el principal objetivo a cuidar por los encargados de regir nuestras fiestas más populares.

 
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La Cabalgata Anunciadora, como todo los años, es un desfile organizado en el que afortunadamente prima el caos, eso sí, un caos paradójicamente muy ordenadito y sensorialmente muy atrayente. Al tradicional recorrido programado y el orden de “salida” preestablecido hay que sumarle, afortunadamente el factor de la espontaneidad y la irreverencia; factor poco dado a ser sujeto y amordazado.  Si los grupos “oficiales” intentan a grandes penas comportarse formalmente según lo acordado, los “extras” que se anexionan por su cuenta y riesgo a la marea festiva no acatan más norma que la del espacio físico. Muy inútiles, pero también muy tiernos, parecen los esfuerzos del personal de la organización para atar en corto a falsos policías, lecheras, doctores sin carrera, clero sin fe y demás fauna que se entremezcla en el  maremágnum que se reúne todos los años ese viernes de Cabalgata. Asimismo el publicó, que en otros eventos solo podía permanecer en su localidad y transmitir a grito pelado su opinión colectiva acerca de lo que veía y oía, ahora y en este momento puede permitirse participar e interactuar apasionadamente. Los niños se saltan, como niños que son, las barreras invisibles que supuestamente separan a los diferentes agentes participantes. Se sacan fotos, tocan ilusionados a los personajes que más le llaman su atención  y bailan al repetitivo ritmo que marcan cajas, bombos y batucadas varias. Los comentarios sobre los ingeniosos disfraces se disparan y se reclama a viva voz la atención de  los que por allí circulan. Por supuesto se exigen caramelos (este año muy escasos, todo hay que decirlo; cosas de la crisis y de los recortes de presupuesto) y demás regalos que son arrojados desde las estrambóticas carrozas.  Se aplaude y vitorea a uno más que a otros. Esta año (aparte de las  consabidas reinas, candidatas y primeras y segundas damas de honor) los más aclamados fueron la murga Los Bambones, a los que se les reiteraba una vez más la opinión generalizada del merecimiento de un mejor resultado en su participación en la Final de Murgas. Por supuesto no faltó el aplauso unánime para la Fufa, un aplauso emocionante que iba dirigido para los presentes pero especialmente para los ausentes. Ese es el mejor homenaje para Don Enrique y no monumentos precipitados y oportunistas.

 
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