Carta de una maltratada al Señor Ministra. Carlos J. Alvarez

 





 
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   Carta de una maltratada al Señor Ministra 


 

      Estimada, querida, emulada y excelentísima Ministra: 

      Mi nombre no es importante, pero puede llamarme camarada. Una vez nos presentaron en un garito que no viene al caso, y no me extrañaría que no se acordase de mí; entiéndame, yo tampoco me acordaría de estar en aquéllas circunstancias. En cualquier caso, lo ocurrido en aquél entonces será algo que guardaré como secreto entre camaradas. 

     Pero, vayamos al grano.

     Aprovechando que hoy es el Día Internacional de la Mujer, desearía consultarle acerca de un hecho que me ocurrió hace poco y que podría afectar a nuestro compromiso con la igualdad y la justicia social. 

      Verá, el otro día, iba yo feliz por la calle y, por qué no decirlo, muy a gusto, ya que se agradece la ausencia de Doña Esperanza Aguirre. Entiéndame, yo no deseo que nadie sufra una enfermedad así, pero, no nos engañemos, parece que Madrid respira mejor mientras se recupera y no está dándonos su conservadora paliza diaria. Se respira un aire de progresía, como si Rouco Varela durmiese felizmente y sin ánimo de despertarse. 

      El caso fue que, iba yo demasiado feliz para estar en una ciudad tan conservadora como Madrid, cuando oí escandalizada los gritos de una mujer. De pronto me sentí (cómo decirlo lo mejor posible), sí, como el culo de mal, como un mal pedo, cuando oí a esa mujer. Sé que usted es de las que les gusta que hablemos claro y así lo haré: era una de las nuestras, de las tías que tienen huevos, de las que no pasamos ni una a los tíos. Tendría que ver con qué ganas gritaba en público, con sus pantalones bien machos, y demostrando que podemos ser más que ellos si es necesario, que para eso somos iguales, o al menos eso se creen ellos.

     Debe saber que la pobre mujer le gritaba a un tío, y, ya sabemos lo que eso significa. Por la forma como le gritaba, seguro que llevaba pegándola mogollón de tiempo. Aquél tío debía pensar que la camarada era como nuestras abuelas, que iba a aguantar. Pero lo mejor no fue eso. Después de estarle gritando ella al tío que no se qué de que le devolviese el móvil, y él estar repantigado a sus pies,recostado sobre los codos y retándola, la camarada, que llevaba un bolso, lo cogió como una honda por las asas y, tras hacerlo girar varias veces en el aire, lo lanzó contra su geta, dándole una y otra vez, y él como si nada. El bolso caía y rebotaba y luego volvía a caer con todas las fuerzas, y menuda fuerza que tenía la tía.

     ¿Puede imaginarse, señor Ministra, la sensación que tuve? Una rabia como un dolor de regla chunga me subió por las ingles y quería lanzarla sobre ese macho asqueroso que recibía golpes sin rechistar, porque seguro que estaría cansado ya de haberla golpeado tanto y porque qué mujer le golpearía así a un hombre si no es porque le han tenido que dar hasta en el carné de identidad.   
 

     Sé  que lo que digo es algo que ya esperaba usted de mí, y yo no la haría perder el tiempo si no fuera porque me encontré con una situación de la que salí como pude, y de la que querría saber su opinión. Lo cierto fue que, llena de odio como estaba, no pude defenderla o bien ayudarla a golpear al mal nacido, porque el hombre al que golpeaba era UN NEGRO.

     ¿Se imagina la situación, la comida de coco que tuve como mujer que soy, defensora de la igualdad y la justicia social? Si ayudo a una mujer maltratada pero denuncio a un tío, aunque sea un negro cabrón, algún malpensado (por supuesto un conservador) me acusaría de ser injusta o racista. ¡Imagínese! ¡Yo, racista! ¡Una camarada que sería capaz de matar a un tío por pegar a otra camarada! ¡Yo que cada vez que pienso en un pene lo imagino como un látigo que me lacera la espalda…! En fin, le pido disculpas por este exceso. Me dispara la injusticia, pero, si reacciono y ayudo pareceré una carca, facha, conservadora y racista.

      No le escribo esta carta para preocuparla. Tan sólo quería que supiese que aquéllos a los que usted invitó a coger las armas para denunciar la injusticia, nos aplicamos a ella diariamente pero sin dejar de ser justos. Sé que usted está ocupada con asuntos más importantes: he probado a localizarla en sus sitios habituales como la Moncloa, el Café Royal o el Congreso, incluso en el Club Hípico, pero sé que tiene demasiados problemas encima como para ocuparse de algo así.  

 

      Verá, mi duda está en que no sé qué hacer con mi odio. ¿Qué hay que poner antes: el color de la piel o que es un hombre? Si es un cabrón pero es negro, ¿qué podemos hacer? ¿Y, si tiene razón él pero dejo que una mujer se sienta ultrajada y le pegue con justicia por nuestros sufrimientos pasados? La verdad fue, sin pensarlo más, movida por un instinto casi animal y aprovechando que estaba en el suelo, me lancé sobre él para ayudarla sujetándolo, cuando ella se dio la vuelta y empezó a pegarme a mí. ¡¿Se lo imagina?! ¡Y fue el negro maltratador el que empezó a ayudarme! <<¡¿Quién coño te dio vela en este entierro, zorra de los cojones?!>>, me dijo la camarada. Sin dudar un instante me tiró encima un mogollón de bolsazos (seguro que debido al enfado que tenía con el negro maltratador) mientras yo le decía que la entendía, que sabía de su rabia.

     Fue todo un caos inexplicable, explicable sólo por el machismo vigente, porque el negro se levantó preocupado a ayudarme, yo gritándole que no me tocase, el negro separándome de ella, la mujer pegándome a mi y al negro por ayudarme, y un policía llegando tarde y esposando al negro mientras nos preguntaba qué nos había hecho. Yo no sabía qué decir y por eso no paré de hablar. Sentí como un aliento de energía al pensar en su ejemplo de Señor Ministra, y llena de lágrimas e impotencia masculina, le grité al policía que esa mujer estaba fuera de sí porque estaría harta de que la pegasen; hecho que me costó hacerle comprender porque, además de ser hombre, ella me seguía pegando a mí y también había empezado a pegar al policía.  

 

      Comprenderá  ahora, mi querida camarada, el motivo por el cual le escribo esta carta. Usted sabe que yo quiero hacer lo mejor, y aprovechando que ahora no sólo es Ministra de Igualdad sino también de Ministra de Política Social, quisiera conocer su opinión al respecto con el fin de ser justa además de no ir contra la Ley, y con el fin de poder denunciar a quien lo merezca.

     Consecuentemente, esta es mi pregunta y mi conclusión: si la camarada siguió pegando al policía, ¿no sería porque también este policía sería un ex resentido, o bien un policía cabrón que la había pegado antes por alguna tontería sin importancia? Muchos se meten a policías porque son machistas resentidos y maltratadores en potencia. ¿Debería denunciar al policía? ¿Debería denunciarla a ella por haberme pegado a mí, que también soy mujer? ¿Debo odiar a los negros por ser hombres y sólo amar a las negras por ser mujeres?

      Todo es un poco confuso.

     Confío en su buen criterio.  

     Gracias por escucharme.